sábado, 20 de junio de 2015

La lucha del Fascismo Italiano contra la Mafia

Desde que el linaje de la familia Gabelotti fundó la Mafia de Sicilia en el siglo XIX, Italia había ganado uno de sus principales problemas, que no sólo afectaría a sus fronteras, sino fuera de estas.

Justo después de acabar la Unificación Italiana de Giuseppe Garibaldi, la Mafia empezó a ganar adeptos en Sicilia. Es bien cierto que en los primeros años de la recién nacida Italia, el Estado Italiano había luchado fuertemente para evitar que la Mafia creciera, pero con los años los políticos italianos comenzaron a corromperse con la muerte de Garibaldi y poco a poco empezaron a encontrar en los mafiosos una buena fuente de ingresos. A medida que entraba el siglo XX, la democracia italiana estaba totalemente corrupta por la Mafia y el Estado en lugar de solucionarlo, hacía ver al pueblo que luchaba contra esta, mientras que la mayoría de las veces salía beneficiado. Los burdeles, el blanqueo de armas, mujeres y sobretodo dinero era lo que mandaba en Sicilia, eso sin contar los tiroteos en las calles, los muertos, represalias y la dictadura de las metralletas nocturnas en la noche siciliana.

Cuando Benito Mussolini llegó al poder y fue proclamado Duce de Italia, la situación en Sicilia cambiaría total y radicalmente. Mussolini ya había propuesto en su programa previo a la Marcha sobre Roma un plan para acabar de una vez con la Mafia, a la que identificaba cien por cien con el Estado, aunque en realidad sólo era una parte de este, algo que a pesar de todo no dejaba de ser preocupante y grave.

El año 1922 transcurrió sin problemas para el fascismo y la Mafia. Muchos sicilianos no vieron con buenos ojos la política de Mussolini porque no estaba haciendo nada para derrotarla. Pero en realidad sólo era una estratégia del astuto Duce, pues había decidido no meterse con la Mafia durante un período de dos años para que esta creciese, se confiase y de ese modo poder saber todos sus movimientos. Mientras tanto Mussolini se ganaba la confianza de la gente en otros lugares de Italia, Sicilia aún tendría que esperar. Cuando ya había pasado un año del período que otorgó Mussolini, los alcaldes y prefectos fascistas de Sicilia comenzaron a pasar todos los datos recopilados sobre la Mafia, sus negocios y locales del año anterior. Para finales de 1924 el Partido Nacional Fascista (Partido Nazionale Fascista) sabía el paradero de todos los mafiosos de Sicilia. Era hora de actuar.

Sin previo aviso, nada más comenzar 1925, Mussolini designó como prefecto de Palermo a Cesare Primo Mori, un hombre completamente decidido a acabar con la Mafia. El puesto que ocupó Primo Mori y su gente, previamente había estado ocupado por mafiosos o colaboradores de estos que en seguida perdieron el apoyo del gobierno local. Desorientada la Mafia, Primo Mori publicó los nombres de todos los mafiosos que rápidamente empezaron a ser capturados. Las detenciones se hicieron de manera tan rápida y perfecta que a pocos mafiosos les dió tiempo a escapar. La prensa, acto seguido, empezó a hacer una dura campaña verbal y escrita en contra de la Mafia con todos los medios propaganísticos que el fascismo tenía en su mano, llegando de manera muy concienciadora a la gente; de hecho entre estas tácticas fue clave la de no publicar los atentados de los mafiosos contra el pueblo para así no darles publicidad. Para que los habitantes de los pueblos de Sicilia que durante años habían estado atemorizados por la Mafia perdiesen el miedo, se pasearon a los mafiosos por las calles atados para que la gente les insultura y ya no tuvieran temor de ellos nunca más.

Entre 1925 y 1931 se iniciaron persecuciones masivas contra la Mafia. A los mayores asesinos mafiosos se les ejecutó, al resto se los encerró o se les expulsó del país, mientras que todos sus bienes fueron confiscados. Los colaboradores de la Mafia sufrieron la misma suerte, ya fueran alcaldes, concejales o empresarios. La última etapa de la persecución fascista a la Mafia fue la detención de los “guantes amarillos”, aquellos mafiosos de despacho y mesa que con sobornos y otros métodos habían conseguido pasar inadvertidos, siendo la mayoría encontrados, juzgados y eliminados.

Florecido para Sicilia amaneció el año 1932, ya no existía la Mafia. La mayoría de mafiosos habían huído a Estados Unidos, sobretodo a Chicago. La Mafia había perdido toda su estructura y no tenía medios ni para corromper ni atentar contra el Estado Italiano. Por otro lado la Camorra había desaparecido y quedado destruida en su totalidad. Aquella era la mayor victoria que el pueblo italiano había conseguido contra la Mafia, sin embargo Mussolini cometió un error, no combatirla en el extranjero, por lo que se reforzaría y obtendría el apoyo de los Aliados una vez se iniciase la Segunda Guerra Mundial.

Con la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial en 1940, los mafiosos italianos Luky Luciano y Vitore Genovese se entrevistaron con las grandes esferas de los países aliados, especialmente de Estados Unidos, donde recibieron el apoyo y la financiación necesarios para combatir a Mussolini e imponerse otra vez en Sicilia. En 1943 mafiosos fueron infiltrados por los Aliados en Sicilia, entorpeciendo las operaciones del Ejército Italiano en la recién iniciada “Operación Husky” consistente en la invasión americana de la isla.

Una vez Sicilia fue conquistada por los estadounidenses, la Mafia regresó al poder en la isla. De nuevo empezaron las largas tardes de calor mediterráneo bajo el chillido de las cigarras, a la espera de que algún hombre con sombrero y metralleta bajara de un coche para dar caza a una infortunada presa mientras era observada a través de las rendijas de una vieja persiana propiedad de unos aterrorizados vecinos. Esta situación de terror mafioso impuesta en Sicilia por los vencedores de la guerra se prolongaría durante todo el siglo XX y después.

Artículo extraido de Eurasia1945

viernes, 19 de junio de 2015

El FMLN

El FMLN ha sido durante la guerra un vehículo que seguía un camino; el de la justicia social, la igualdad y la emancipación de la clase trabajadora, pero en cuanto ese vehículo se salió del camino y comenzó a hacerle el juego a la derecha nosotros consideramos que no es válido para la revolución social. No han querido saber nada de nosotros, cuando pertenecíamos a las juventudes del frente sólo nos querían para colgar pancartas de los candidatos al congreso, sólo nos querían cuando llegaban las elecciones, y todas nuestras propuestas de lucha social fueron denegadas, solo quieren a los jóvenes para colgar carteles de candidatos. Nosotros consideramos que las luchas no pueden estar solo en el parlamento, tienen que estar en la calle, en la universidad, en el campo… pero ellos sólo quieren votos, nada más, no quieren un cambio real, sus campañas las están pagando un sector amplio de la burguesía de este país que está viendo venir el cambio y tiene miedo, les financian ahora para que cuando ganen las elecciones les devuelvan los favores.

jueves, 18 de junio de 2015

Jozef Tiso

El 18 de abril de 1947 monseñor Tiso era ahorcado en la cárcel de Bratislava. Moscú y Praga creyeron haber ganado una gran batalla desarticulando una doble resistencia. Pero la muerte de monseñor Tiso sólo ha hecho que viva con más fuerza lo que el comunismo trataba de desarraigar.

El pueblo sigue fiel a sus ideales de siempre, pese a las persecuciones de toda índole. El pasado mes hubo manifestaciones, con rogativas por la independencia de la patria y preces por el alma de monseñor Tiso, que vive para su pueblo con aureola inmortal. En el día de hoy, todo el mundo libre recordará aquel crimen político y hará sus mejores votos por la libertad de Eslovaquia.

Antes de subir al cadalso, Jozef Tiso escribía este mensaje al pueblo eslovaco:

«En el espíritu de este sacrificio que ofrezco, mando al pueblo eslovaco sea concorde y unido en la persecución del gran lema: Por Dios y por la Patria, siempre, por doquier y en cada circunstancia. A esta ley he servido toda mi vida y por eso me considero mártir en primer lugar de la defensa del cristianismo frente al bolchevismo, del que el pueble debe, con toda su fuerza, protegerse, no sólo en virtud de su carácter cristiano, sino también en el interés de su propio porvenir. Así como yo os pido me recordéis en sus oraciones, también yo rogaré al Dios Todopoderoso que bendiga al pueblo eslovaco en su lucha vital por Dios y por la Patria, y que el pueblo eslovaco permanezca siempre fiel y adicto hijo de la Iglesia de Cristo».

El Quijote y nuestro tiempo

El espíritu de don Quijote es inmortal, y será inmortal siempre aunque nadie recuerde su existencia. No sucede así con Cervantes. La inmortalidad de Cervantes han de procurársela los hombres, y tacharíamos de salvaje y mediocre a una generación que no lo venere, respete y admire como al creador de una cosa que a todos nos ha hecho hormigas, mejor dicho, nos ha dejado tal como somos, pero obligándonos a percibir entre las brumas bailoteos inmensos.

Ramiro Ledesma Ramos.

miércoles, 17 de junio de 2015

La Mayor Batalla

La humanidad ha entrado en una etapa única de su historia. Los últimos decenios no guardan relación alguna con los miles de siglos que la precedieron.

En el año 2011 la población mundial arribó a 7 mil millones de habitantes, lo que constituye una cifra alarmante. En solo dos siglos la población del mundo se multiplicó por siete, alcanzando un ritmo de necesidades alimentarias vitales que la ciencia, la tecnología y los recursos naturales del planeta están muy lejos de lograr.

Pueden hacerse decenas de cálculos, hablar de Malthus o del Arca de Noé, basta saber lo que es un gramo y lo que produce una hectárea de cualquier alimento y sacar sus conclusiones.

Tal vez el Primer Ministro inglés o el presidente Obama sepan la respuesta que prolongue unos días más la vida humana, la multiplicación de los panes y los peces, y las palabras mágicas para persuadir a los africanos, los habitantes de la India, América latina y todos los países del Tercer Mundo, que no tengan hijos.

Hace dos días una agencia internacional recordaba que un multimillonario estadounidense, Dennis Tito, había gastado 20 millones de dólares para pagar su viaje a la Estación Espacial Internacional, donde permaneció varios días en el año 2001.

Ahora Tito, que parece ser de verdad un fanático de la exploración espacial, estaba discutiendo los detalles para incursionar al planeta Marte. El viaje durará 501 días. ¡Eso sí es disfrutar la plusvalía! Mientras los polos se derriten velozmente, el nivel de los mares sube por el cambio climático, inundando grandes áreas en unas pocas decenas de años, todo lo cual supone que no habrá guerras y las sofisticadas armas que se están produciendo a ritmo acelerado no se usarán nunca. ¿Quién los entiende?

Fidel Castro

Nuestra lucha

Entre todos debemos llevar a cabo la modesta proeza de una revolución profunda que, partiendo de cero, nuestro pueblo sea capaz de realizar. Se deberán crear pequeños núcleos revolucionarios que se sumen a otros con el tiempo. Nos debe unir el deseo de luchar y el dolor por la tragedia del país en el que vivimos por parte de una democracia para nada popular. Mientras unos tienen esperanzas en un futuro al que todavía ven muy lejano, otros meditamos ya en la necesidad de dar un salto en la historia y cambiar este sistema siervo del capitalismo más corrupto y asesino.

Nuestra batalla es contra la ignorancia política y los principios antisocialistas que el imperialismo capitalista y la burguesía han sembrado en nuestras filas y en nuestro propio país. La lucha de clases debe ser desatada en nuestros trabajos, en los pueblos, en las grandes ciudades. Debemos contribuir a la lucha de clases que seguida de la verdadera revolución nacional la escuela más eficiente que pueda tener nuestro pueblo. Convertir a hombres y mujeres en los pioneros de estas ideas y que sus seguidores las puedan convertir en milenarias y populares.

lunes, 15 de junio de 2015

Toda casa dividida contra sí misma sucumbirá

Nos es menester recordar todavía, aunque ya lo hayamos indicado, que las ciencias modernas no tienen un carácter de conocimiento desinteresado, y que, incluso para aquellos que creen en su valor especulativo, éste no es apenas más que una máscara bajo la cual se ocultan preocupaciones completamente prácticas, pero que permite guardar la ilusión de una falsa intelectualidad. Descartes mismo, al constituir su física, pensaba sobre todo en sacar de ella una mecánica, una medicina y una moral; y con la difusión del empirismo anglosajón, se hizo mucho más todavía; por lo demás, lo que constituye el prestigio de la ciencia a los ojos del gran público, son casi únicamente los resultados prácticos que permite realizar, porque, ahí también, se trata de cosas que pueden verse y tocarse. Decíamos que el «pragmatismo» representa la conclusión de toda la filosofía moderna y su último grado de abatimiento; pero hay también, y desde hace mucho más tiempo, al margen de la filosofía, un «pragmatismo» difuso y no sistematizado, que es al otro lo que el materialismo práctico es al materialismo teórico, y que se confunde con lo que el vulgo llama el «buen sentido». Por lo demás, este utilitarismo casi instintivo es inseparable de la tendencia materialista: el «buen sentido» consiste en no rebasar el horizonte terrestre, así como en no ocuparse de todo lo que no tiene interés práctico inmediato; es para el «buen sentido» sobre todo para quien el mundo sensible es el único «real», y para quien no hay conocimiento que no venga por los sentidos; para él también, este conocimiento restringido mismo no vale sino en la medida en la cual permite dar satisfacción a algunas necesidades materiales, y a veces a un cierto sentimentalismo, ya que, es menester decirlo claramente a riesgo de chocar con el «moralismo» contemporáneo, el sentimiento está en realidad muy cerca de la materia. En todo eso, no queda ningún sitio para la inteligencia, sino en tanto que consiente en servir a la realización de fines prácticos, en no ser más que un simple instrumento sometido a las exigencias de la parte inferior y corporal del individuo humano, o, según una singular expresión de Bergson, «un útil para hacer útiles»; lo que constituye el «pragmatismo» bajo todas sus formas, es la indiferencia total al respecto de la verdad.

En estas condiciones, la industria ya no es solo una aplicación de la ciencia, aplicación de la que, en sí misma, ésta debería ser totalmente independiente; deviene como su razón de ser y su justificación, de suerte que, aquí también, las relaciones normales se encuentran invertidas. Aquello a lo que el mundo moderno ha aplicado todas sus fuerzas, incluso cuando ha pretendido hacer ciencia a su manera, no es en realidad nada más que el desarrollo de la industria y del «maquinismo»; y, al querer dominar así a la materia y plegarla a su uso, los hombres no han logrado más que hacerse sus esclavos, como lo decíamos al comienzo: no solo han limitado sus ambiciones intelectuales, si es todavía permisible servirse de esta palabra en parecido caso, a inventar y a construir máquinas, sino que han acabado por devenir verdaderamente máquinas ellos mismos. En efecto, la «especialización», tan alabada por algunos sociólogos bajo el nombre de «división del trabajo», no se ha impuesto solo a los sabios, sino también a los técnicos e incluso a los obreros, y, para estos últimos, todo trabajo inteligente se ha hecho por eso mismo imposible; muy diferentes de los artesanos de antaño, ya no son más que los servidores de las máquinas, hacen por así decir cuerpo con ellas; deben repetir sin cesar, de una manera mecánica, algunos movimientos determinados, siempre los mismos, y siempre cumplidos de la misma manera, a fin de evitar la menor pérdida de tiempo; así lo quieren al menos los métodos americanos que se consideran como los representantes del más alto grado de «progreso». En efecto, se trata únicamente de producir lo más posible; la cualidad preocupa poco, es la cantidad lo único que importa; volvemos de nuevo una vez más a la misma constatación que ya hemos hecho en otros dominios: la civilización moderna es verdaderamente lo que se puede llamar una civilización cuantitativa, lo que solo es otra manera de decir que es una civilización material.


Si uno quiere convencerse todavía más de esta verdad, no tiene más que ver el papel inmenso que desempeñan hoy día, tanto en la existencia de los pueblos como en la de los individuos, los elementos de orden económico: industria, comercio, finanzas, parece que no cuenta nada más que eso, lo que concuerda con el hecho ya señalado de que la única distinción social que haya subsistido es la que se funda sobre la riqueza material. Parece que el poder financiero domina toda política, que la concurrencia comercial ejerce una influencia preponderante sobre las relaciones entre los pueblos; quizás no hay en eso más que una apariencia, y estas cosas son aquí menos causas verdaderas que simples medios de acción; pero la elección de tales medios indica bien el carácter de la época a la que convienen. Por lo demás, nuestros contemporáneos están persuadidos de que las circunstancias económicas son casi los únicos factores de los acontecimientos históricos, y se imaginan incluso que ello ha sido siempre así; en este sentido, se ha llegado hasta inventar una teoría que quiere explicarlo todo por eso exclusivamente, y que ha recibido la denominación significativa de «materialismo histórico». En eso se puede ver el efecto de una de esas sugestiones a las que hacíamos alusión más atrás, sugestiones que actúan tanto mejor cuanto que corresponden a las tendencias de la mentalidad general; y el efecto de esta sugestión es que los medios económicos acaban por determinar realmente casi todo lo que se produce en el dominio social. Sin duda, la masa siempre ha sido conducida de una manera o de otra, y se podría decir que su papel histórico consiste sobre todo en dejarse conducir, porque no representa más que un elemento pasivo, una «materia» en el sentido aristotélico; pero, para conducirla, hoy día basta con disponer de medios puramente materiales, esta vez en el sentido ordinario de la palabra, lo que muestra bien el grado de abatimiento de nuestra época; y, al mismo tiempo, se hace creer a esta masa que no está conducida, que actúa espontáneamente y que se gobierna a sí misma, y el hecho de que lo crea permite entrever hasta dónde puede llegar su ininteligencia.

Ya que estamos hablando de los factores económicos, aprovecharemos para señalar una ilusión muy extendida sobre este tema, y que consiste en imaginarse que las relaciones establecidas sobre el terreno de los intercambios comerciales pueden servir para un acercamiento y para un entendimiento entre los pueblos, mientras que, en realidad, tienen exactamente el efecto contrario. La materia, ya lo hemos dicho muchas veces, es esencialmente multiplicidad y división, y por tanto fuente de luchas y de conflictos; así, ya sea que se trate de los pueblos o de los individuos, el dominio económico no es y no puede ser más que el dominio de las rivalidades de intereses. En particular, Occidente no tiene que contar con la industria, ni tampoco con la ciencia moderna de la que es inseparable, para encontrar un terreno de entendimiento con Oriente; si los orientales llegan a aceptar esta industria como una necesidad penosa y por lo demás transitoria, ya que, para ellos, no podría ser nada más, eso no será nunca sino como un arma que les permita resistir a la invasión occidental y salvaguardar su propia existencia. Importa que se sepa bien que ello no puede ser de otro modo: los orientales que se resignan a considerar una concurrencia económica frente a Occidente, a pesar de la repugnancia que sienten hacia este género de actividad, no puede hacerlo más que con una única intención, la de desembarazarse de una dominación extranjera que no se apoya más que sobre la fuerza bruta, sobre el poder material que la industria pone precisamente a su disposición; la violencia llama a la violencia, pero se deberá reconocer que no son ciertamente los orientales quienes habrán buscado la lucha sobre este terreno.

Por lo demás, al margen de la cuestión de las relaciones de Oriente y de Occidente, es fácil constatar que una de las más notables consecuencias del desarrollo industrial es el perfeccionamiento incesante de los ingenios de guerra y el aumento de su poder destructivo en formidables proporciones. Eso sólo debería bastar para aniquilar los delirios «pacifistas» de algunos admiradores del «progreso» moderno; pero los soñadores y los «idealistas» son incorregibles, y su ingenuidad parece no tener límites. El «humanitarismo», que está tan enormemente de moda, ciertamente no merece ser tomado en serio; pero es extraño que se hable tanto del fin de las guerras en una época donde hacen más estragos de los que nunca han hecho, no solo a causa de la multiplicación de los medios de destrucción, sino también porque, en lugar de desarrollarse entre ejércitos poco numerosos y compuestos únicamente de soldados de oficio, arrojan los unos contra los otros a todos los individuos indistintamente, comprendidos ahí los menos calificados para desempeñar una semejante función. Ese es también un ejemplo llamativo de la confusión moderna, y es verdaderamente prodigioso, para quien quiere reflexionar en ello, que se haya llegado a considerar como completamente natural una «leva en masa» o una «movilización general», que la idea de una «nación armada» haya podido imponerse a todos los espíritus, salvo bien raras excepciones. También se puede ver en eso un efecto de la creencia en la fuerza del número únicamente: es conforme al carácter cuantitativo de la civilización moderna poner en movimiento masas enormes de combatientes; y, al mismo tiempo, el «igualitarismo» encuentra su campo en eso, así como en instituciones como las de la «instrucción obligatoria» y del «sufragio universal». Agregamos también que estas guerras generalizadas no se han hecho posibles más que por otro fenómeno específicamente moderno, que es la constitución de las «nacionalidades», consecuencia de la destrucción del régimen feudal, por una parte y, por otra, de la ruptura simultánea de la unidad superior de la «Cristiandad» de la edad media; y, sin entretenernos en consideraciones que nos llevarán demasiado lejos, señalamos también, como circunstancia agravante, el desconocimiento de una autoridad espiritual, única que puede ejercer normalmente un arbitraje eficaz, porque, por su naturaleza misma, está por encima de todos los conflictos de orden político. La negación de la autoridad espiritual, es también materialismo práctico; y aquellos mismos que pretenden reconocer una tal autoridad en principio le niegan de hecho toda influencia real y todo poder de intervenir en el dominio social, exactamente de la misma manera que establecen un tabique estanco entre la religión y las preocupaciones ordinarias de su existencia; ya sea que se trate de la vida pública o de la vida privada, es efectivamente el mismo estado de espíritu el que se afirma en los dos casos.

Admitiendo que el desarrollo material tenga algunas ventajas, por lo demás desde un punto de vista muy relativo, cuando se consideran consecuencias como las que acabamos de señalar, uno puede preguntarse si esas ventajas no son rebasadas en mucho por los inconvenientes. Ya no hablamos siquiera de todo lo que ha sido sacrificado a este desarrollo exclusivo, y que valía incomparablemente más; no hablamos de los conocimientos superiores olvidados, de la intelectualidad destruida, de la espiritualidad desaparecida; tomamos simplemente la civilización moderna en sí misma, y decimos que, si se pusieran en paralelo las ventajas y los inconvenientes de lo que ella ha producido, el resultado correría mucho riesgo de ser muy negativo. Las invenciones que van multiplicándose actualmente con una rapidez siempre creciente son tanto más peligrosas cuanto que ponen en juego fuerzas cuya verdadera naturaleza es enteramente desconocida por aquellos mismos que las utilizan; y esta ignorancia es la mejor prueba de la nulidad de la ciencia moderna bajo la relación del valor explicativo, y por consiguiente en tanto que conocimiento, incluso limitado al dominio físico únicamente; al mismo tiempo, el hecho de que las aplicaciones prácticas no son impedidas de ninguna manera por eso, muestra que esta ciencia está efectivamente orientada únicamente en un sentido interesado, que es la industria, la cual es la única meta real de todas sus investigaciones. Como el peligro de las invenciones, incluso de aquellas que no están destinadas expresamente a desempeñar un papel funesto para la humanidad, y que por eso no causan menos catástrofes, sin hablar de las perturbaciones insospechadas que provocan en el ambiente terrestre, como este peligro, decimos, no hará sin duda más que aumentar aún en proporciones difíciles de determinar, es permisible pensar, sin demasiada inverosimilitud, así como ya lo indicábamos precedentemente, que es quizás por ahí por donde el mundo moderno llegará a destruirse a sí mismo, si es incapaz de detenerse en esta vía mientras aún haya tiempo de ello.

Pero, en lo que concierne a las invenciones modernas, no basta hacer las reservas que se imponen en razón de su lado peligroso, y es menester ir más lejos: los pretendidos «beneficios» de lo que se ha convenido llamar el «progreso», y que, en efecto, se podría consentir designarlo así si se pusiera cuidado de especificar bien que no se trata más que de un progreso completamente material, esos «beneficios» tan alabados, ¿no son en gran parte ilusorios? Los hombres de nuestra época pretenden con eso aumentar su «bienestar»; por nuestra parte, pensamos que la meta que se proponen así, incluso si fuera alcanzada realmente, no vale que se consagren a ella tantos esfuerzos; pero, además, nos parece muy contestable que sea alcanzada. Primeramente, sería menester tener en cuenta el hecho de que todos los hombres no tienen los mismos gustos ni las mismas necesidades, que hay quienes a pesar de todo querrían escapar a la agitación moderna, a la locura de la velocidad, y que no pueden hacerlo; ¿se osará sostener que, para esos, sea un «beneficio» imponerles lo que es más contrario a su naturaleza? Se dirá que estos hombres son poco numerosos hoy día, y se creerá estar autorizado por eso a tenerlos como cantidad desdeñable; ahí, como en el dominio político, la mayoría se arroga el derecho de aplastar a las minorías, que, a sus ojos, no tienen evidentemente ninguna razón para existir, puesto que esa existencia misma va contra la manía «igualitaria» de la uniformidad. Pero, si se considera el conjunto de la humanidad en lugar de limitarse al mundo occidental, la cuestión cambia de aspecto: ¿no va a devenir así la mayoría de hace un momento una minoría? Así pues, ya no es el mismo argumento el que se hace valer en este caso, y, por una extraña contradicción, es en el nombre de su «superioridad» como esos «igualitarios» quieren imponer su civilización al resto del mundo, y como llegan a transportar la perturbación a gentes que no les pedían nada; y, como esa «superioridad» no existe más que desde el punto de vista material, es completamente natural que se imponga por los medios más brutales. Por lo demás, que nadie se equivoque al respecto: si el gran público admite de buena fe estos pretextos de «civilización», hay algunos para quienes eso no es más que una simple hipocresía «moralista», una máscara del espíritu de conquista y de los intereses económicos; ¡Pero qué época más singular es ésta donde tantos hombres se dejan persuadir de que se hace la felicidad de un pueblo sometiéndole a servidumbre, arrebatándole lo que tiene de más precioso, es decir, su propia civilización, obligándole a adoptar costumbres e instituciones que están hechas para otra raza, y forzando a los trabajos más penosos para hacerle adquirir cosas que le son de la más perfecta inutilidad! Pues así es: el Occidente moderno no puede tolerar que haya hombres que prefieran trabajar menos y que se contenten con poco para vivir; como sólo cuenta la cantidad, y como lo que no cae bajo los sentidos se tiene por inexistente, se admite que aquel que no se agita y que no produce materialmente no puede ser más que un «perezoso»; sin hablar siquiera a este respecto de las apreciaciones manifestadas corrientemente sobre los pueblos orientales, no hay más que ver cómo se juzgan las órdenes contemplativas, y eso hasta en algunos medios supuestamente religiosos. En un mundo tal, ya no hay ningún lugar para la inteligencia ni para todo lo que es puramente interior, ya que éstas son cosas que no se ven ni se tocan, que no se cuentan ni se pesan; ya no hay lugar más que para la acción exterior bajo todas sus formas, comprendidas las más desprovistas de toda significación. Así pues, no hay que sorprenderse de que la manía anglosajona del «deporte» gane terreno cada día: el ideal de ese mundo es el «animal humano» que ha desarrollado al máximo su fuerza muscular; sus héroes son los atletas, aunque sean brutos; son esos los que suscitan el entusiasmo popular, es por sus hazañas por lo que la muchedumbre se apasiona; un mundo donde se ven tales cosas ha caído verdaderamente muy bajo y parece muy cerca de su fin.

No obstante, coloquémonos por un instante en el punto de vista de los que ponen su ideal en el «bienestar» material, y que, a este título, se regocijan con todas las mejoras aportadas a la existencia por el «progreso» moderno; ¿están bien seguros de no estar engañados? ¿es verdad que los hombres son más felices hoy día que antaño, porque disponen de medios de comunicación más rápidos o de otras cosas de este género, porque tienen una vida agitada y más complicada? Nos parece que es todo lo contrario: el desequilibrio no puede ser la condición de una verdadera felicidad; por lo demás, cuantas más necesidades tiene un hombre, más riesgo corre de que le falte algo, y por consiguiente de ser desdichado; la civilización moderna apunta a multiplicar las necesidades artificiales, y como ya lo decíamos más atrás, creará siempre más necesidades de las que podrá satisfacer, ya que, una vez que uno se ha comprometido en esa vía, es muy difícil detenerse, y ya no hay siquiera ninguna razón para detenerse en un punto determinado. Los hombres no podían sentir ningún sufrimiento de estar privados de cosas que no existían y en las cuales jamás habían pensado; ahora, al contrario, sufren forzosamente si esas cosas les faltan, puesto que se han habituado a considerarlas como necesarias, y porque, de hecho, han devenido para ellos verdaderamente necesarias. Se esfuerzan así, por todos los medios, en adquirir lo que puede procurarles todas las satisfacciones materiales, las únicas que son capaces de apreciar: no se trata más que de «ganar dinero», porque es eso lo que permite obtener cosas, y cuanto más se tiene, más se quiere tener todavía, porque se descubren sin cesar necesidades nuevas; y esta pasión deviene la única meta de toda su vida. De ahí la concurrencia feroz que algunos «evolucionistas» han elevado a la dignidad de ley científica bajo el nombre de «lucha por la vida», y cuya consecuencia lógica es que los más fuertes, en el sentido más estrechamente material de esta palabra, son los únicos que tienen derecho a la existencia. De ahí también la envidia e incluso el odio de que son objeto quienes poseen la riqueza por parte de aquellos que están desprovistos de ella; ¿cómo podrían, hombres a quienes se ha predicado teorías «igualitarias», no rebelarse al constatar alrededor de ellos la desigualdad bajo la forma que debe serles más sensible, porque es la del orden más grosero? Si la civilización moderna debía hundirse algún día bajo el empuje de los apetitos desordenados que ha hecho nacer en la masa, sería menester estar muy ciego para no ver en ello el justo castigo de su vicio fundamental, o, para hablar sin ninguna fraseología moral, el «contragolpe» de su propia acción en el dominio mismo donde ella se ha ejercido. En el Evangelio se dice: «El que hiere a espada perecerá por la espada»; el que desencadena las fuerzas brutales de la materia perecerá aplastado por esas mismas fuerzas, de las cuales ya no es dueño cuando las ha puesto imprudentemente en movimiento, y a las cuales no puede jactarse de retener indefinidamente en su marcha fatal; fuerzas de la naturaleza o masas humanas, o las unas y las otras todas juntas, poco importa, son siempre las leyes de la materia las que entran en juego y las que quiebran inexorablemente a aquel que ha creído poder dominarlas sin elevarse él mismo por encima de la materia. Y el Evangelio dice también: «Toda casa dividida contra sí misma sucumbirá»; esta palabra también se aplica exactamente al mundo moderno, con su civilización material, que, por su naturaleza misma, no puede más que suscitar por todas partes la lucha y la división. Es muy fácil sacar la conclusión, y no hay necesidad de hacer llamada a otras consideraciones para poder predecir a este mundo, sin temor a equivocarse, un fin trágico, a menos que un cambio radical, que llegue hasta un verdadero cambio de sentido, sobrevenga en breve plazo.


Extraído de "La Crisis del mundo moderno"
René Guenon