jueves, 4 de junio de 2015

Introducción a la Metafísica


Esta Europa, en atroz ceguera y siempre a punto de apuñalarse a sí misma, yace hoy bajo la gran tenaza formada entre Rusia, por un lado, y América, por otro. Rusia y América, metafísicamente vistas, son la misma cosa; la misma furia desesperada de la técnica desencadenada y de la organización abstracta del hombre normal. Cuando el más apartado rincón del globo haya sido técnicamente conquistado y económicamente explotado; cuando un suceso cualquiera sea rápidamente accesible en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera; cuando se puedan ‘experimentar’ simultáneamente, el atentado a un rey, en Francia, y un concierto sinfónico en Tokyo; cuando el tiempo sólo sea rapidez, instantaneidad y simultaneidad, mientras que lo temporal, entendido como acontecer histórico, haya desaparecido de la existencia de todos los pueblos; cuando el boxeador rija como el gran hombre de una nación; cuando en número de millones triunfen las masas reunidas en asambleas populares -entonces, justamente entonces, volverán a atravesar todo ese aquelarre, como fantasmas, las preguntas: ¿para qué? -¿hacia dónde?- ¿y después qué?

La decadencia espiritual de la Tierra ha ido tan lejos que los pueblos están amenazados de perder la última fuerza del espíritu, la que todavía permitiría ver y apreciar la decadencia como tal (…). Esta simple comprobación no tiene nada que ver con el pesimismo cultural ni tampoco, como es obvio, con el optimismo. En efecto, el oscurecimiento del mundo, la huida de los dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre, la sospecha insidiosa contra todo lo creador y libre, ha alcanzado en todo el planeta tales dimensiones que categorías tan pueriles como las de pesimismo y optimismo se convirtieron desde hace tiempo en risibles.

(…) Decíamos que Europa yace en medio de la tenaza formada por Rusia y América y que metafísicamente -es decir, con referencia a su carácter mundial y a su relación con el espíritu- ambos países son iguales. El puesto de Europa es tanto más funesto por cuanto la impotencia del espíritu procede de ella misma y -aunque preparada desde antes- se determinó definitivamente en la primera del siglo XIX, a partir de su propia posición espiritual. Entre nosotros se produjo, alrededor de la época que se designa de buen grado y brevemente como ‘derrumbe del Idealismo alemán’. Esta fórmula es, por así decirlo, como un escudo protector, tras el cual se oculta y encubre la falta de espíritu que ya despuntaba, es decir, la disolución de los poderes espirituales, el rechazo de todo preguntar originario por los fundamentos y sus condiciones. En efecto, no sólo se derrumbó el Idealismo alemán sino que la época ya no tuvo suficiente fuerza como para seguir acrecentando la grandiosidad, extensión y originalidad de ese mundo espiritual, o sea, como para realizarlo verdaderamente (…). La existencia comenzó a deslizarse hacia un mundo que carecía de aquella profundidad, a partir de la que en todo caso podría llegar y retornar lo esencial al hombre, pues ella es lo que lo constriñe a llegar a la superioridad y le permite obrar conforme con una jerarquía. Todas las cosas cayeron sobre un mismo plano, sobre una superficie que, semejante a la de un espejo ciego, ya no refleja, ya no devuelve nada. La dimensión predominante fue la de la extensión y el número. El poder ya no significó la capacidad y prodigalidad que parte de cierta elevada superabundancia y del dominio de fuerzas, sino la ejercitación de una rutina, susceptible de ser aprendida por todos y siempre vinculada con cierto penoso y desgastador trabajo. Todo esto se intensificó después, en América y en Rusia, llegándose al desmedido ‘y así sucesivamente’, propio de un ‘siempre lo mismo’ y de lo indiferente. Se alcanzó el extremo de transformar lo cuantitativo en una peculiar cualidad. Luego, el predominio del término medio, propio de lo que es indiferente por tener el mismo valor, no es aquí algo tan insignificante y mero abandono sino que consiste en los embates de alguien tal que, al atacar toda jerarquía y espiritualidad del mundo, las destruye, emitiéndolas como mentiras. Es el embate de aquello que llamamos demoníaco (en el sentido de lo malvado y destructor).


Extraído de "Introducción a la Metafísica", por Martin Heidegger

miércoles, 3 de junio de 2015

Sois jóvenes...


“Sois jóvenes y habláis como maduros.

Sois jóvenes y tenéis afilada la pluma al servicio del pensamiento claro y la expresión concreta; hacéis de cada frase un punto de arranque: sin malgastar palabras en busca de la hueca parrafada, o lo que es lo mejor, sin ir en busca de la ovación sonora que la mayoría de las veces es ir mendigando un harapo para cubrir la desnudo fealdad de los vanidosos.

Sois jóvenes y vivís sin olvidar, ¡como tantos olvidan!, que el símbolo de la Falange, el modo de ser del escuadrista, es el dardo y la diana (primera línea recta de la primera geometría), y sin olvidar, también, que el símbolo de la anti-Falange, el modo de ser del jovencito moderno, prematuramente envejecido, es el circunloquio y el bizantinismo, el rodeo y la duda perpetua.

Hacéis bien en tenerlo presente: porque si lo olvidáis, también vosotros acabaríais como ellos, dejando la cumbre batida por todos los vientos para bajar al llano, sin fijaros que, poco a poco, también vuestras inquietudes se irían acostumbrando a la enana rebeldía de los cafés, donde el aire se enrarece y los ojos se nublan y los pulmones se envician y la voz se amolda a chillar, porque nadie escucha a nadie.

He leído las palabras que os dedica nuestro gran, filósofo, y profesor Adolfo Muñoz Alonso, y he visto que alude a aquella "Advocación” que un día cargado de nubarrones escribí a José Antonio: era, cuando asfixiado por el asco, vi que los hombres corrían como locos sedientos en busca de todo lo contrario de aquello que habíamos venido a dejar para siempre a la orilla del camino, del nuevo camino abierto con tanta sangre y tanto dolor, para vivir con garbo.

Y decía que José Antonio no podía estar contento con nosotros, porque nos dio el ejemplo inmolado de su vida, para dar con su esfuerzo una lección de sacrificio, y ellos confundieron su lema de “ser mejor” por el de “estar mejor”, porque quiso una Patria de hermanos, elevada por encima de todas las injusticias y todos los apetitos, y ellos prefirieron tener una España de letras de cambio, abriéndose a codazos para ser los primeros en la sucia fila de los privilegios.
”

José Luis de Arrese

Usura




“Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra… Con usura no hay paraíso pintado para el hombre en los muros de su iglesia… No se pinta un cuadro para que perdure ni para tenerlo en casa, sino para venderlo y pronto… Con usura nada está en su sitio y nadie encuentra un lugar para su casa… Con usura no llega lana al mercado no vale nada la oveja con usura. Usura es un parásito… Ellos trajeron putas a Eleusis… Sientan cadáveres a su banquete… Por mandato de usura.”
Ezra Pound

martes, 2 de junio de 2015

El pensamiento radical


Solamente es fecundo el pensamiento radical. Porque, solo, puede él crear conceptos audaces que rompan el orden ideológico hegemónico y permitan salir del círculo vicioso de un sistema de civilización que está fracasando. Para hablar como el matemático René Thom, autor de la Teoría de las Catástrofes, únicamente los “conceptos radicales” pueden hacer caer un sistema en el caos –la “catástrofe” o cambio brutal de estado- con el fin de dar a luz a otro orden.

El pensamiento radical no es “extremista”, ni utópico, sino anticipador del futuro, porque rompe con un presente carcomido.

¿Es revolucionario? Hoy, tiene que serlo, porque nuestra civilización está viviendo el fin de su ciclo y no un nuevo desarrollo, y porque ninguna escuela de pensamiento se atreve a ser revolucionaria tras la caída final de la tentativa comunista. Sin embargo, tenemos que proyectar otros conceptos civilizacionales, vectores de historicidad y de autenticidad.

¿Por qué un pensamiento radical? Porque va hasta la raíz de las cosas, es decir “hasta el núcleo”: cuestiona la cosmovisión sustancial de esta civilización, el igualitarismo, porque este último, utópico y obstinado, está conduciendo a la humanidad hasta la barbarie y el horror económico, a través de sus contradicciones internas.

Para actuar sobre la Historia, se tienen que crear tormentas ideológicas, frente –como lo vio muy bien Nietzsche- a los valores , fundamento y esqueleto de los sistemas. Hoy nadie lo hace: es la primera vez en la Historia que la esfera económica (TV, mass-media, videos, cine, industria del espectáculo y de la distracción) posee el monopolio de la reproducción de los valores. Conclusión: una ideología hegemónica, sin conceptos ni proyectos imaginativos de ruptura, pero fundada sobre dogmas y anatemas.

Únicamente un pensamiento radical permitiría a unas minorías intelectuales crear un movimiento, sacudir el mamut, mover a la sociedad y al orden del mundo mediante electrochoques ( o “ideochoques”). Pero este pensamiento tiene sin falta que escapar al dogmatismo y cultivar, por el contrario, el reajuste permanente (“la revolución dentro de la revolución”, única intuición maoísta justa); tiene también que preservar su radicalidad de la tensión neurótica de las ideas fijas, de las fantasías oníricas, de las utopías hipnóticas, de las nostalgias extremistas o de las obsesiones delirantes, riesgos inherentes a toda perspectiva ideológica.

Para actuar sobre el mundo, un pensamiento radical tiene que articular un corpus ideológico coherente y pragmático, con distanciamiento y flexibilidad adaptativa. Un pensamiento radical es, en primer lugar, un cuestionario, pero nunca una doctrina. Lo que se propone tiene que ser declinado sobre el modo del “¿y si?” y no del “hay que”. No le gustan los compromisos, las sabidurías falsas “prudentes”, la dictadura de los “expertos” ignorantes ni el paradójico conservatismo (el statuquoismo) de los adoradores de la “modernidad” que la creen eterna.

Última característica de un pensamiento radical eficiente: aceptar la heterotelía, es decir, que las ideas no conducen necesariamente a los hechos deseados. Un pensamiento eficiente tiene que reconocer que solamente es aproximátivo.

Se zigzaguea, se adaptan las velas según los vientos, pero se sabe adónde se va, hasta qué puerto. El pensamiento radical integra el riesgo y el error, propios a todo lo que es humano. Su modestia, impregnada de dudas cartesianas, es el motor de su potencia de puesta-en-movimiento de los espíritus. Ningún dogma, pero mucha imaginación. La imaginación al poder, con una brizna de amoralismo, es decir de tensión creativa hasta una nueva moral.

Hoy –en la linde de este Siglo XXI, que será un siglo de hierro y de fuego, cargado de amenazas verdaderamente mortales para la entidad europea y también para la humanidad, aunque nuestros contemporáneos estén lobotimizados por la soft-ideología y la sociedad del espectáculo- cuando, frente a nosotros, explota un vacío ideológico atronador, un pensamiento radical es por fin posible y puede triunfar, con el fin de proyectar nuevas soluciones, impensables hace poco tiempo.

Las intuiciones de Nietzsche, de Evola, de Heidegger, de Carl Schmitt, de Guy Debord o de Alain Lefèbvre, las de la inversión de los valores, son posibles hoy, como la filosofía del martillo nietzscheana. Nuestro “estado de civilización” ya está listo. No era este el caso en un pasado reciente, cuando la pareja moderna Siglo XIX-Siglo XX incubaba su infección viral sin todavía sufrirla.

De otra parte, tenemos que rechazar enseguida el pretexto según el cual un pensamiento radical sería “perseguido” por el sistema. El sistema es tonto. Sus censuras son permeables y torpes. Únicamente reprime las provocaciones folkloristas y las torpezas ideológicas.

En el seno de la clase intelectual europea oficial y establecida, el pensamiento es un convencionalismo mediático y una bolsa de dogmas igualitarios machacados. Por temor a infringir las leyes de lo “políticamente correcto”, por déficit de imaginación conceptual, o por ignorancia de los problemas reales del mundo presente.

Las sociedades europeas, hoy en crisis, están listas para ser traspasadas por unos pensamientos radicales determinados, armados con un proyecto de valores revolucionarios y de una contestación completa, pero pragmática y no utópica de la civilización mundial actual.

Un pensamiento radical e ideológicamente eficiente, en el mundo trágico que se está preparando, podría aliar las calidades del clasicismo cartesiano (principios de razón y de posibilidad afectiva, de examen permanente y de voluntarismo crítico) y del romanticismo (pensamiento fulgurante, emocional y estético, audacia de las perspectivas), a fin de unir en una coincidentia oppositorum (coincidencia de los opuestos) las calidades de la filosofía idealista del “sí” y de la filosofía critica del “no”, como hicieron Marx y Nietzsche con su método de la “hermeneútica de la sospecha” (inculpación de los conceptos dominantes) y de “inversión positiva de los valores”.

Un pensamiento tal que alíe audacia y pragmatismo, intuición prospectiva y realismo observador, creacionismo estético y voluntad de potencia histórica, tiene que ser “un pensamiento voluntarista concreto, creador de orden.”



Guillaume Faye

Arriba


Pues bien: nosotros, que hemos acampado bajo estas banderas, que hemos requerido a todos para ser los primeros o los últimos –que esto no nos importa– en esta lucha trágica, decisiva, por España, acompañados o solos, seguiremos en nuestro puesto: unas veces seremos más, otras vecesseremos menos. Se nos irá desprendiendo toda la ganga de los curiosos, de los cobardes, de los noveleros, de los que acudieron porque era moda hablar del Estado corporativo o ponerse una camisa de un solo color. No importa. Quedaremos los necesarios, los fervientes. (…), seguiremos en nuestro sitio. Irá caducando todo lo demás por su propia virtualidad de fracaso y nosotros seguiremos nutriendo bajo esta tierra esta semilla de las horas futuras; y las camisas que hoy escondemos bajo las chaquetas a la vigilancia de la autoridad gubernativa saldrán un día luciendo al sol.

(Arriba, núm. 25, 26 de diciembre de 1935)

lunes, 1 de junio de 2015

Degeneración de la civilización

“…Yo creo que cada uno de nosotros posee en sí la suerte de una soledad y la posibilidad de un imperio. Lo sé por una certeza intuitiva y mortal y por una esperanza increíble, depositada en mí cuando fui el primer hombre. Creo en la nulidad de todos y en la realeza de cada uno. En el crepúsculo de este siglo que contempla el triunfo de las plebes atolondradas, de corazón y cerebro de esponja, yo continúo, entre los inmuebles enanos, creyendo en la zancada del gigante. ¿Qué hará? ¿Qué dirá?, lo contrario. Pero de esto estoy seguro: afirmará y dispersará a golpes de mangual al rebaño de las negociaciones. Si a la noche y a sus tránsitos para llegar al día. Si al hierro sobre la herida. Si a algunos. En la hora en que escribo esta canción, acompasada por el martilleo sobre nuestra tierra de Occidente de las herraduras del caballo de Durero, la raza de los primeros hombres es dispersada y maldita. Los enanos le gritan que es culpable. Ella se calla. Son demasiado numerosos, los enanos, y el zumbido de sus voces agrias demasiado inmensa para poder hacer oír su voz. ¿Quién la comprendería? Los enanos han inventado una nueva lengua de la que el pensamiento enano es el único que describe al mundo a través de las rejas que sobre él se aplica. Literalmente, los enanos y los otros no hablan la misma lengua y es eso de lo que se trata cuando, en los cuentos, se evocan las magias que practican los ladrones de almas.

Pues, he aquí, que desde hace siglos, la buena raza ingenua de Occidente ha abierto sus puertas a la lengua muelle de debilidad, de la enfermedad y del renunciamiento. Sin embargo, siempre han quedado rescoldos de fuego bajo las cenizas y Occidente se ha fortalecido con una contradicción que ha producido el Caballero, el Cruzado, el constructor de catedrales, el conquistador y el colonizador. La palabra dulce, la acción violenta. La cruz y la espada. Al lado del clérigo refunfuñante, el soldado de Cristo. El pagano había crucificado, en suma a uno de los nuestros, y debía, bien pagar duramente el precio de esta muerte, bien enterrar al que habían martirizado. El corazón puro, el alma dura, tal era el soldado cristiano, eterno vengador, rompiendo cuerpos o vendimiando almas. Se produjo, desde entonces, que hizo nuestra fuerza y proyectó nuestro impulso, el del heroísmo y la fe. Y siempre me impresionó la frase de Clodoveo a quien Remigio, obispo de Reims, se aplicaba dulcemente en convertir. El rudo bárbaro es dócil y escucha la bella historia que le cuenta el obispo. Decididamente, le gusta este Jesús tan amable, nacido del Cielo y de una virgen, y autor de milagros.

El bárbaro se estremece. Remigio prosigue con su historia y cuenta con voz entrecortada el arresto y el martirio del Dios. Llega la crucifixión. Los clavos se hunden en las manos. El rey es coronado de espinas. Entonces Clodoveo no puede contener más. Se levanta llorando, y grita con voz de trueno: “¡Ah obispo si hubiera estado yo allí con mis francos!”, he aquí la frase sublime de Occidente, cristiano y bárbaro a la vez, bueno y salvaje, sumiso a su Dios pero terrible para defender el trono divino. Su ideal: el caballero cristiano. Su personificación: Godofredo de Bouillon, en él confluyeron todas las virtudes. Así durante siglos, sobre la riqueza del viejo fondo bárbaro, sobre esta roca de santa violencia, el cristianismo, religión importada, erigió sus altares iluminados y sus templos floridos. Fue la coartada de dulzura de nuestra fuerza en expansión. Le designó objetivos, enemigos, tierras, horizontes hacia los cuales, ardiendo de violencia pagana y ardor místico nos abalanzamos. Y los clérigos, cómplices, bendecían nuestras victorias y cantaban nuestras alabanzas, sobre tierra conquistada, al Dios de la dulzura y al señor de la cólera. Ese doble reino era algo muy bueno y un excelente equilibrio, la fuerza tenía su mística: la mística se robustecía en su fuerza. Se podía ser atleta y cristiano. Y esculpir rosas de hierro. Y golpear con una cruz la cabeza del infiel.

“¡Ah, obispo si yo hubiera estado allí con mis paracaidistas y mis legionarios!” ¡Desgraciado, qué estás diciendo, te estás equivocando de época! Hoy ya no se trata de golpear, y una fe ya no se impone.

“¡Si obispo, se impone!”. Si me das un Dios, quiero creer en él, y atreverme a pasear su trono por las calles y por los reinos. Quiero mostrarlo a todos y ¡malhaya el que no se descubra a su paso!, yo no puedo creer en Él en el secreto y la vergüenza tímida. Yo exijo su reino. Yo debo –porque es el mío y es el mejor- vendimiar almas para él y conquistar tierras en las que construiré sus altares. O entonces, obispo, dejaré de creer si debo huir y esconderme con Él. Si no soy su soldado, obispo, toma mi espada y mi cinturón y déjame en paz con tus padrenuestros. Vestido de paisano, iré a inscribirme en un partido; el comunista por ejemplo. O bien leeré libros tan aburridos, del señor Marx y del señor Freud. Según dicen tienen explicaciones para mis comportamientos de bruto. “desgraciado, desgraciado ¿y el amor?”… Obispo, yo no quiero tu amor que se arrodilla y ofrece la garganta al verdugo. He aprendido demasiado a amar de diferentes maneras…” ¡Ah! ¿Cómo, hijo extraviado, has aprendido a amar?”… ¿Pero es esto posible?”…Sí; al enemigo le venzo, luego le levanto y le amo”.

Toda civilización se hunde cuando se divorcian su violencia y su fe, su fuerza y su mística. Cuando sus defensores continúan montando la guardia en las torres, pero oyen, en los cabarets de la ciudad, al pueblo que se mofa de ellos, entonces sacan la cantimplora y se emborrachan. ¡Y que el enemigo entre! ¿Por qué no?, no hay nada peor que dejar de ser digno de ser libre y adoptar el paso del cangrejo y la risa babosa del ilota. No hay peor desgracia que merecer su propia desgracia…”

Jean Cau.

Esfuerzo heroico y voluntad combativa

Para vivir la vida como es debido hace falta tensión afirmadora, espíritu de lucha, energía interior, fuerza y tenacidad, virilidad espiritual (la virya indo-aria, la virtus romana, la areté helénica). Esfuerzo sostenido con persistencia, exigencia y rigor, acción continuamente orientada a la perfección. Trabajar y trabajarse sin cesar. Desconfiar de todo lo que sea pasividad, abandono, inercia, ociosidad, somnolencia, abulia, desidia, dejarse llevar. Empeño y resolución para realizar el propio destino, para llevar a cabo la misión única e intransferible que nos ha sido encomendada en esta vida, para modelarnos y perfeccionarnos, para avanzar en el sendero de la Liberación y la Iluminación. Coraje y determinación para vencer todas las dificultades que se interpongan en nuestro camino. Y sobre todo tesón y perseverancia en la consecución del objetivo propuesto y en la práctica de la disciplina elegida. no desanimarse por los fallos y errores que se cometan; no rendirse ante la constatación de la propia debilidad. Lucha implacable contra las potencias del caos y de las tinieblas, dondequiera que se insinúe su presencia, y de un modo especial en el terreno que más nos concierne y que tenemos más próximo: en su proyección dentro de nuestro propio ser. Dicho con otras palabras: guerra sin cuartel contra el dragón que se oculta en la caverna de la propia individualidad. Es lo que la doctrina tradicional designa con el nombre de “gran guerra santa”. La vida ha de ser vivida como un combate al servicio de Dios, como una lucha sagrada por el triunfo de las fuerzas del orden y la luz. “Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”, dice la Biblia.

Extraído de "El modo de vida tradicional", Antonio Medrano