miércoles, 23 de septiembre de 2015

Malditos

Nuestra fuerza principal reside en el hecho de que nuestra visión del mundo se basa sobre la toma en cuenta de las realidades. Y ello lo es también para la etnopolítica. Contrariamente a otros, nuestra concepción de la identidad tiene por base al factor étnico. El mundo va de tal manera que nos da la razón todos los días.

Hemos preferido elegir a la lucidez y las consecuencias que de ello derivan, en el plano del compromiso. A saber que las convicciones no deben ser jamás sacrificadas ante intereses coyunturales, por otro lado ilusorios. Claramente, ello significa que rechazamos todo “compromiso”, todo oportunismo, propuesto bajo el pretexto de que nuestro corpus ideológico nos impide toda perspectiva de “éxito”. Pero, ¿Qué “éxito”? ¿El que consiste, vendiendo su alma por un plato de lentejas, en ser tolerados, admitidos por gente que controla el poder, todos los poderes y que exige que haya que plegarse a los dogmas de lo políticamente correcto si se quiere escapar a la demonización? Un poco por todas partes, en Europa, gente tenida como perteneciente a nuestro campo ha tomado, comprometidamente, el camino sin retorno, el camino de la renegación. Rindiendo vasallaje al cosmopolitismo, al poder del dinero. Convirtiéndose a un aburguesamiento que le lleva a traicionar los compromisos y las luchas de su juventud. No hay que ser “extremista”, ciertamente, si se quiere obtener una plaza (un trampolín…) en el circo democrático. Lamentable pérdida de valores, que no puede inspirar más que el desprecio. Y que no impedirá a los renegados acabar tanto o más como parias para aquellos que les hacen comulgar con ruedas de molino al hacerles vislumbrar un diploma de respetabilidad, aparentemente capaz de abrir las puertas de jugosas carreras.

Nosotros, no nos hacemos ilusiones: Estamos, hemos elegido estar en el campo de los “malditos”. Para siempre. Y en él nos encontramos a gusto puesto que es el único sitio en el que uno se cruza con hombres y con mujeres dignos de estima.


Pierre Vial.

martes, 22 de septiembre de 2015

17 Años para toda la vida

 
Más allá de todo, en el fascismo, existe un sentimiento sobre el mundo, un cierto estilo de vida, un enfoque particular de la existencia. En el fascismo, hay, antes que política, una dimensión estética, simbólica y existencial; un cierto saber hacer aristocrático consagrado al pueblo, que se decanta por el espíritu cultivando su cuerpo, que aclama triunfalmente a la muerte viviendo plenamente su vida, que experimenta la libertad en el seno de la comunidad. Ser fascista, es algo casi indefinible, un quid, una mezcla de activismo, de juventud, de combatividad, de misticismo. Ser fascista, es saber tener un paso sobrio y relajado, trágico y solar, es poseer una voluntad de grandeza, de potencia, de belleza, de eternidad, de universalidad. Es adherirse a una lógica de fraternidad, de camaradería, de comunidad. Ser fascista es ser consciente de un destino y desear desvergonzadamente enfrentarse con él, tener la capacidad de vivir plenamente en el grupo, en el equipo, en el clan y de saber elevar este lazo al nivel de la nación y al nivel del imperio. Ser fascista, es tener 17 años para toda la vida. Se trata de superarse, de darse forma a sí mismo y al mundo. Ser fascista es disfrutar de los moralistas escandalizados, de blanqueados sepulcros, y viejos peluquines. Es cultivar la radicalidad en el pragmatismo, sentir asco por a decadencia y la pequeñez de espíritu sabiendo vivir en su tiempo, merendarse a la modernidad extrayendo el entusiasmo fáustico por la modernidad. Ser fascista es tener por compañeros, más allá de complicaciones cerebrales, al fuego, al mármol, a la sangre, a la tierra, al sudor y al hierro. Es conseguir hacer vibrar sus cuerdas interiores sobre la frecuencia más humilde a la vez que se rehúsa de la adulación, de la indulgencia, de la demagogia y de la prostitución intelectual. ¡Solo sentimos nostalgia por el futuro! El fascismo es fundar ciudades, sanear tierras, llevar un proyecto de civilización. Es concebir la existencia como una lucha y una conquista, sin resentimientos. Es regalarse a sus camaradas, a su nación, a su ideal, justo hasta el sacrificio extremo. Sí, ser fascista es todo esto, y además, con un estilo, con una idea de la estética, con un gusto por el decoro. Es ser elegante y sonriente hasta el cadalso y más allá.
Adriano Scianca.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Solidarismo

“Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos.”
Apuleyo

El solidarismo, en sí, es la doctrina que condena la lucha de clases pretendiendo conciliar individualismo y colectivismo. El solidarismo afirma que la historia no es el producto de acciones individuales y que puede tomar, a cada instante, los giros más imprevistos. Propone la asociación y la cooperación de las personas por medio de un método: el pragmatismo. Así, pueden existir varias vías para entender el solidarismo. 

El fascismo es una de esas vías. (…) Enmanuel Mounier analiza más sutilmente: “(…) Cada uno crece verticalmente según su libertad, su personalidad, su magisterio; pero cada uno está también llamado a un intercambio horizontal de experiencias, de sacrificios, de retribuciones. El hombre existe en comunidad, y la persona aislada no es -no puede ser-nada".
Los principios de la acción fascista.

domingo, 20 de septiembre de 2015

No somos como los demás

No eres como los demás. Y he visto a muchos, y los conozco. Cuando hablo, tú me miras. Anoche, cuando dije algo acerca de la luna, tú miraste hacia la luna. Los demás nunca harían algo así. Los demás me dejarían hablando sola o me amenazarían. Ahora nadie tiene tiempo para nadie. Tú eres uno de los pocos que me soportan, Por eso pienso que es muy extraño que seas un bombero, me parece que no es lo apropiado para ti.
Fahrenheit 451

El emblema de las JONS

El yugo es la yunta; la junta, las juntas de nosotros, nuestra propia coyuntura histórica.

Las flechas hienden las mañanas de España. Hienden. Ofenden. Son la ofensiva de una raza, de una juventud que pretende imponerse ahora.

El yugo camina delante del arado. Es la agricultura nacional. El campo nacional. La vida nacional.

Cada manojo de saetas es una gavilla de corazones, una hermandad, un gremio, un Sindicato.

Las flechas son de hierro, de acero, de la carne española eterna. Aguzadas, forjadas con el fuego antiguo por sindicalistas nacionales.

El yugo y las flechas son también la cruz; forman una cruz. Para sus cruzados, toda gran empresa ha sido una cruz en la encrucijada de los tiempos. Si el yugo pesa, apesadumbra a alguien. Las flechas aligeran, alegrarán nuestra buena ventura española.

Aunque cerca del yugo está siempre el estímulo.
Los campesinos que hablaban latín estimulaban a sus bueyes –junto a la cerviz– con una punta de saeta en la extremidad de un palo.

Nuestro escudo huele a garrote, y a fragua, y a pan, y a vino, y a sal, y a eternidad.

El equilibrio duradero entre un pasado horizontal –el yugo– y la ascensión vertical, celestial, de un futuro: las flechas. Habrá que reconquistar nuestra patria a flechazos, a golpes de cariño. Amorosamente. Duramente. Como se conquista a la mujer que parirá a nuestros herederos.

Juan Aparicio López

sábado, 19 de septiembre de 2015

Militancia

Tenemos que volver a reconstruir el espacio de los militantes, de la juventud, tenemos que volver a valorar la política y no queremos que se repita la mecánica casi empresaria de la política que tiende a acordarse de los amigos y de los compañeros para utilizarlos en cuestiones electorales.

Tenemos que dejar de sentir vergüenza de las cosas que defendemos, nos quieren hacer sentir a veces que son posturas que deben ser “revisadas” en nombre de la supuesta racionalidad. ¿Qué es la racionalidad? ¿La racionalidad es bajar la cabeza, acordar cualquier cosa pactando disciplinada y educadamente con determinados intereses, y sumar y sumar excluidos, sumar y sumar desocupados, sumar y sumar españoles que van quedando sin ninguna posibilidad? ¿O la racionalidad es trabajar con responsabilidad, seriedad, con fuerzas para abrir las puertas de la producción, del trabajo y del estudio para todos los españoles? Nosotros nos queremos adherir a este tipo de racionalidad, es la única racionalidad viable que nosotros tenemos para poder realizarnos.

lunes, 14 de septiembre de 2015

El mundo del desprecio

En un mundo virtual, las cosas cada vez se tocan menos. En muchos casos ya no hay nada que tocar: la realidad está en una pantalla. Digitalización equivale a embrutecimiento. No es posible conocer el valor real de nada que no pueda tocarse; ni quererlo. La abstracción absoluta desemboca en el desprecio absoluto. Vivimos, en Occidente al menos, en el mundo de la abstracción digitalizada; es decir, en el mundo del desprecio.

Roger Wolfe