domingo, 28 de junio de 2015

El fin del economicismo como horizonte político


"Cuando ambicionan altos empleos del Estado y no pueden obtenerlos por méritos y talentos personales, derrochan dinero, seduciendo y atrayéndose a la masa por todos los medios posibles. La consecuencia es que este arribismo político acostumbra al pueblo a tomar regalos y le infunde un ansia de dinero obtenido sin trabajar. Con ello perece la democracia y es sustituida por la dictadura de los puños.(...) Y entonces, aglomerándose, asesina, saquea y hace suya la propiedad de los demás , hasta que, totalmente corrompida, cae en poder de un dictador ilimitado..." Polibio.

"El príncipe Pompeyo y el tribuno César (...) representan aun partidos; pero se repartieron el mundo con Craso en Luca por vez primera. Cuando los herederos combatían en Filipi contra los asesinos de César, ya no eran más que grupos. En Accio sólo había individuos. El cesarismo se había realizado." Oswald Spengler.


En todo movimiento revolucionario alientan, de un lado, la envidia y las ansias de destrucción que emanan de la chusma callejera, y de otro, la maestría de los demagogos que saben sacar partido a estos enfermizos instintos.

Pero no nos engañemos. Cualquier organización descansa por necesidad en la capacidad rectora de una minoría que marca la dirección que unívocamente ha de seguir el resto; hay, pues, un sujeto que impone su voluntad y un objeto -la inmensa mayoría- que obedece ciegamente. Este hecho es tan válido en las fábricas como en los ejércitos, tanto en las democracias como en los estallidos revolucionarios. Pero en el terreno político, la pregunta decisiva es (idealismos aparte) si las cabezas que están al mundo utilizan su autoridad para consumar ideas suprapersonales, o si tan sólo se busca el botín con el fin de consolidar y acrecentar negocios puramente privados. Y como no podía ser menos, los demagogos que más han despuntado en la Historia han anhelado únicamente servirse de la masa que previamente habían aglutinado y enardecido, todo ello con la clara intención de aprovecharse de ella y manejarla a su antojo para alcanzar el poder que por tradición no les corresponde. Por eso la "democrática" fórmula de prometer todo cuanto a la plebe le apetece se convierte en expresión de la época, y los ideales utilitarios que persiguen la "felicidad del mayor número" desarrollan sistemas eticosociales con el propósito de legitimar en el campo teórico las aspiraciones plutocráticas del sistema dominante.

Como fácilmente podemos bosquejar, los partidos políticos y los sindicatos, acompañados del innumerable séquito de incondicionales ávidos de ocupar cargos burocráticos, así como de la clase de los banqueros y altos financieros, han llevado a cabo conjuntamente la exitosa tarea de expropiar la autoridad del Estado en política y la del inventor o empresario en economía. Sus altas esferas son las que han subvertido el significado de todos los términos que antaño parecían inamovibles (libertad, autoridad, clases sociales, capitalismo, riqueza, pobreza) y los han acomodado de acuerdo a sus particulares intereses; han invertido ingentes sumas de dinero para, a través de los mass media y las instituciones públicas, atenazar al individuo hasta reducirlo a mera función de un invisible "campo de fuerza" que hoy abarca toda la Tierra; han creado organismos internacionales con los que poder hacer sentir los implacables efectos de sus decisiones hasta en los rincones más inaccesibles del planeta. Estas personalidades privadas, estos "césares del Dinero", son los señores de nuestras cosmovisiones y de nuestros destinos, y sólo una catástrofe de proporciones colosales puede quebrantar su ilimitado poderío.

Pero para hallar los orígenes de esta inmensa revolución debemos remontarnos muy atrás en el tiempo. Fue hacia la segunda mitad del siglo XIX cuando las teorías oriundas del marxismo penetraron de tal forma en política que lograron desviar la creciente aversión que ciertos sectores sintieron hacia el Estado de constitución liberal, canalizando ese odio en la dirección de los industriales. Esta circunstancia fue pronto aprovechada por los nuevos regentes del Estado, que empezaron a intervenir en la vida económica de todas las potencias europeas, dividiéndolas internamente mediante parlamentos y partidos (división que sólo pudo superar Inglaterra debido a su larga tradición parlamentaria) y fomentando la discordia en su seno para hacer imposible la unidad de cara a la política exterior. De esta forma los esfuerzos estatales se focalizaron casi exclusivamente en la economía nacional, por lo que la labor del genuino estadista, repleta de una profunda experiencia histórica, se desvalorizó hasta dejar el puesto a los negocios de partido y a los agitadores profesionales, marginando la política de Gran Estilo a un segundo plano.Pero este orden será aniquilado en cuanto se extinga el pensamiento economicista, lo cual acontecerá en el mismo instante en que se constate que el valor del Dinero no se corresponde con ningún valor real o tangible, sino tan sólo con magnitudes abstractas, como las "cotizaciones", que pueden hacer aumentar la deuda indefinidamente hasta que por la falta de recursos el sistema se colapsa y se viene abajo. Es en esta encrucijada cuando resurgirán los poderes de la auténtica política, que vencerán a los beneficiarios del anterior orden en una contienda cuyo resultado está determinado. A partir de entonces los combates serán más privados que nunca, pero ya no por Dinero, sino por alcanzar el poder absoluto. Serán tiempos en los que unas pocas personalidades enérgicas podrán reunir bajo su mando ejércitos inmensos, tiempos en los que los territorios en disputa serán azotados por el pillaje de quienes, libertados del pusilánime economicismo, buscarán en el saqueo y la violencia las armas con las que abrir el camino a un nuevo capítulo de la Historia.


Por Antonio Marco Mora.

La clase consumista



Maximizar los beneficios empresariales en el largo plazo requiere construir y extender un estilo de vida vertebrado a partir del consumo. Eso exige que la publicidad y los media sean agentes de educación y socialización primaria. Para incorporarse a la sociedad de consumo, la ciudadanía del futuro necesita ser socializada, ante todo, como clase consumidora. Por eso, niños y niñas constituyen un público objetivo esencial para la publicidad.

Tienen un carácter estratégico como audiencia presente, ya que ejercen un fuerte influjo sobre las decisiones de compra de los adultos: según The Economist los menores de 14 años influyen en el 47% del gasto familiar. Y también hay que pensar en el futuro: “se trata de que el niño se vaya familiarizando con el logo de BMW, que lo vea cuando vea el coche de su padre, y al cabo de los años sea él mismo quien se compre el coche...”.

El nivel de exposición de los menores a los medios de comunicación y la publicidad es mayor que el tiempo dedicado a los estudios. Nacer y crecer, comiendo, bebiendo, mirando, sintiendo y respirando publicidad puede asegurar la continuidad del modelo en el futuro. Fabricar consumidores y consumidoras en serie requiere moldeamiento, educación y transmisión de valores individualistas.

El consumidor no nace, se hace.
Extraído de "ConsumeHastaMorir".

sábado, 27 de junio de 2015

Una terrible belleza ha nacido




Estamos luchando por un mundo plural en el que las diferencias culturales entre los pueblos se respeten y mantengan en todas las formas y se incrementen para bien.

Queremos un mundo con diferentes personas, diferentes lenguas y diferentes tradiciones culinarias, etc.

Queremos un enfrentamiento entre diferentes formas de existencia, que no degenere en confusión y desfiguración identidades recíprocas.

Así que quien nos acusa de "odio diferente" está simplemente tratando de reciclar un estereotipo periodística que expresa lo que iba a denunciar: la ignorancia pura y dura.

Nuestro enemigo es el pensamiento que durante dos mil años y nivelación impone la igualdad, un mundo a una dimensión, es la aprobación en general, es el monocultivo del cerebro, los logotipos omnipresentes y el cosmopolitismo progresista. Esto es todo lo que expresa el verdadero y único "odio al diferente".

Adriano Scianca, extracto de Casapound.

El fanatismo

Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo. No pueden servirlo aunque quieran. Para servir al pueblo hay que estar dispuestos a todo, incluso a morir.Los fríos no mueren por una causa, sino de casualidad. Los fanáticos sí. Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos. Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo. El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte. Por eso soy fanática. Daría mi vida por Perón y por el pueblo. Porque estoy segura que solamente dándola me ganaré el derecho de vivir con ellos por toda la eternidad. Así, fanáticas quiero que sean las mujeres de mi pueblo. Así, fanáticos quiero que sean los trabajadores y los descamisados. El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas. Es la gran fuerza de los pueblos: la única que no poseen sus enemigos, porque ellos han suprimido del mundo todo lo que suene a corazón. Por eso los venceremos. Porque aunque tengan dinero, privilegios, jerarquías, poder y riquezas no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fanáticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol. Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros.
Mi mensaje, Eva Perón.

viernes, 26 de junio de 2015

Dios y el pueblo.

Para nosotros la fe no es el derecho a la bienaventuranza, sino una obligación para la lucha por el pueblo y por la sangre. Nos es indiferente el hecho de que nosotros, entonces, seamos considerados por los sabios cristianos como destinados al cielo o condenados al infierno, porque el cristianismo nos separa, creando un abismo entre los miembros de nuestro pueblo.

Nosotros no aspiramos a una recompensa en forma de una vida tranquila después de la muerte, porque esto representa un espíritu comercial judío y liberaloide.

¡Cree, reza, confiésate, haz penitencia y te has ganado el cielo! No, ¡trabaja, lucha y cree en tu pueblo! ¡No preguntes por la recompensa, ni qué va a ser de tu vida! Pregunta: ¿cómo puedo servir a mi pueblo? ¡Vive de acuerdo con sus intereses y habrás cumplido con tu deber! Nuestro pueblo, la comunidad, es nuestra ley suprema, ley que para nosotros es inatacable, sagrada y eterna.

¡Gott und Volk!

jueves, 25 de junio de 2015

Mundo moderno

¡Los conservadores son unos mentecatos! Se quejan de la decadencia de los valores tradicionales y sin embargo soportan con entusiasmo el progreso tecnológico y el crecimiento económico. Aparentemente nunca se les ha ocurrido que no puedes …hacer cambios rápidos y drásticos en la tecnología y en la economía de la sociedad sin causar cambios rápidos en todos los otros aspectos de esta, y que esos cambios rápidos inevitablemente rompen los valores tradicionales.

Theodore Kaczynski

miércoles, 24 de junio de 2015

Guerreros de Internet

Son mayoría en Internet y en las redes sociales, pero no una mayoría estadística, sino abrumadora: gente sin mejor cosa que hacer (o claramente, sin otra cosa que hacer) más que estar pegados a la pantalla del ordenador todas las horas hábiles del día. Su preocupación esencial: lanzar proclamas cuanto más incendiarias mejor, arremeter contra el gobierno que proceda, firmar peticiones y adherirse virtualmente a todas las causas “solidarias” habidas y por haber. Son especialistas en iniciativas repolludas, del tipo “Toma el Congreso”, o “Apagón general de luz”, y cosas así. Nunca descansan, duermen como los siux, con un ojo abierto, y detectan las señales de humo a miles de kilómetros. Se entienden de maravilla en la distancia, con el espejeo cegador de tres o cuatro conceptos y seis o siete frases lazadas al ciberespacio con tozudez y entusiasmo militante.
Sus filias van desde el Che Guevara a Kim-Jong-Um, pasando por Hugo Chávez, las sentencias apócrifas de Saramago y las viñetas de Quino. Sus fobias están mejor definidas y son menos numerosas aunque mucho más radicales: odio tenaz a la Iglesia católica (sólo la católica, las demás son creencias respetables de civilizaciones oprimidas) y aversión sin límite a cualquier poder que de lejos les parezca “de derechas”. Lo demás es folklore. Incluso su descreencia del sistema y su denostación de la economía de mercado resulta circunstancial: se quejan de la explotación, pero la mayoría están deseando que algún capitalista sin entrañas los contrate, los explote y los redima de su condición de tecnoflautas atrincherados al otro lado de la pantalla del PC.

Son hijos del desempleo crónico, el cambio de paradigma social en cuanto concierne a la triunidad tiempo-trabajo-tecnología. Hasta hace unos años, el estado perfecto de alienación para las masas se basaba en la administración eficiente del doble valor trabajo/ocio. Ahora el problema no consiste en recuperar el valor del trabajo, sino en dar sentido al no-trabajo, porque no lo hay ni parece que vaya a haberlo, y porque el tiempo improductivo de los desempleados no puede definirse como “ocio”. En todo caso se le podría definir como “ocio reconvertido en creatividad free lance”.

Los parados jóvenes, entre los 25 y los 50 años, son los mayores suministradores de contenidos de Internet. Desbordan Twitter, arrasan en Facebook, mantienen vivos y candentes miles de foros y páginas web, infinidad de blogs y perfiles en todas las redes sociales… De todo lo cual resulta una actividad febril, continuada (siempre es de día en media parte del planeta), caótica, a menudo delirante y casi siempre pueril: los “mensajes” en la aldea global virtualizada son breves por necesidad y, en consecuencia, a menos palabras más eficacia, cuantas menos letras mejor, cuantos más exabruptos mejor todavía. Esto lo ha entendido muy bien la red social por antonomasia de los tecnoflautas, que desde hace tiempo esTwitter: “Lo que tengas que decir, en menos de 140 caracteres“. La invitación al improperio es diáfana. La tentación del insulto, irresistible.

Si encontrásemos por la calle a un individuo que clamase iracundo contra “el gobierno fascista y genocida del PP” y “la dictadura eclesial de los pedófilos con sotana”, siendo rematadas dichas soflamas con histéricos vivas a Stalin, al heroico pueblo cubano y la República Popular de los Pueblos Ibéricos, sin duda llegaríamos a la conclusión de que hemos cruzado nuestros pasos con un trastornado, posiblemente digno de nuestra compasión. Mas si leemos estas mismas bobadas en Internet, no nos resultan siquiera pintorescas. Nos parecen coherentes con el estilo y formas del perroflautismo crecido en las barricadas de la virtualidad. Es una de las características, quizás la más llamativa y penosa del fenómeno: el lenguaje oral, de suyo más proclive al desafuero que la palabra escrita, ha superado en rigor y seriedad de planteamientos a las burradas que se escriben en la red. La discusión de barra de bar es ahora menos pedregosa y visceral que el medio escrito. Antes, para escribir había que pensar primero lo que iba a decirse, y cómo decirlo. Ahora, el ámbito tecnoflauta ofrece un mundo sin barreras al pensamiento grosero, expresado de manera denigrante para la propia acepción de pensar: a lo bestia, con perdón por el oxímoron que entraña el desliz “pensar a lo bestia“. Y no hay remedio ni marcha atrás en esta dinámica envilecedora de la presunción de raciocinio humano. En Internet, el que no grita no existe.

Hablando de raciocinio, el acceso inmediato a la información y los medios de comunicación, así como la posibilidad de expresar libremente la propia opinión en esos mismos medios, parece algo razonable. Democrático. Pero siempre hay un “pero”. De democracia y demagogia mejor no hablar. Sobre lo razonable del invento, también sabemos desde hace siglos que ese sueño de la razón produce monstruos. En el caso del que se trata, la absurda pesadilla tecnofláutica.

Josè Vicente Pascual
http://www.elmanifiesto.com/