domingo, 3 de mayo de 2015

El espíritu de la Economía




Nosotros somos socialistas, enemigos mortales del sistema capitalista actual y sus modos económicos de explotación, con su injusticia del sistema de asalariados, con su inmoral valoración del ser humano según sus propiedades y riquezas en lugar de según su servicio y responsabilidad. Nosotros estamos decididos a destruir este sistema del modo que sea necesario.
 
Y respecto a esto, no es en absoluto suficiente el substituir  un sistema económico por otro – sino que lo que es absolutamente necesario por encima de todo es un absoluto cambio de mentalidad. La mentalidad que debe ser superada, es la mentalidad materalista. ¡Debemos alcanzar una mentalidad económica totalmente nueva! – un  pensamiento que se libere de los conceptos actuales, cuyas raíces se hallan en el dinero, la posesión, la rentabilidad y una falsa idea del éxito. Es característico del marxismo, el falso socialismo, que su orden de ideas sea exactamente el mismo que el del capitalismo, por ello los considero desde hace algunos años y ya para siempre a ambos unidos en espíritu, sólo diversos en su diseño. El Socialismo Nacional,  directamente originario de la vida orgánica,  destruye las mentirosas palabras de una teoría ajena al mundo así como también los conceptos sin vida de una moribunda civilización.
Nosotros debemos aprender, que en la economía de un pueblo la cosa no depende de la rentabilidad, ni del beneficio, sino  sólo y exclusivamente de la cobertura de las necesidades de cada uno de los miembros de ese pueblo. Ésta y no otra cosa es la tarea de la  economía de la Nación. Nosotros debemos aprender que los conceptos como “economía mundial” – “balanza de pagos” – “nivel de exportaciones”, son únicamente conceptos de una época que se apaga, que desde ya hace demasiado tiempo llevan hacia el absurdo, pues chocan directamente contra lo que hay de eterno en la vida orgánica, que ha nacido EXCLUSIVAMENTE  de especulaciones y no de la TIERRA.   También debemos aprender que es un engaño, cuando la producción especuladora crea necesidades artificiales, ficticias, mediante reclamos y estímulos – esto es una burla al trabajo de las personas y sus vidas.

La excitada avidez acrecienta las exigencias, las acrecentadas exigencias multiplican la esclavitud humana, la cual es una esclavitud mental que ha tomado posesión de la vida en el lugar del alma. ¿Qué saben todavía  los hombres actuales sobre lo que significa vivir? Ellos corren y se ajetrean, se torturan, se esfuerzan, se esclavizan como los remeros de las galeras – todo para llevar una vida cuya vacuidad, cuyo vacío, es indescriptiblemente cruel. Y la cuestión no es relativa al excedente (sobreproducción), tal y como afirma el marxismo, sino  al alma de las personas. Y la producción, la economía,  tiene aquí sólo una tarea: cubrir las necesidades económicas de cada persona del pueblo, y la negación de los bienes que sólo existen a causa de necesidades artificialmente creadas, con la negación también de la esclavitud de la  “Rentabilidad y Beneficio”.

¡Nosotros debemos aprender que el trabajo es más que la propiedad, que el servicio es más que el dividendo! Es la más funesta herencia del sistema económico capitalista, el que la medida del valor de todas las cosas sea el dinero, la propiedad, la posesión. El hundimiento, la disolución de los pueblos es la consecuencia directa del uso de esta falsa escala de valores, pues la elección según las propiedades es el enemigo mortal de la raza, de la sangre y de la vida auténtica. Nosotros nunca hemos dejado duda alguna en que nuestro socialismo nacional  rompe con  este privilegio de la posesión y que la liberación del trabajador alemán debe extenderse en  su  participación en la ganancia, su participación en la propiedad y su participación en el servicio. Pero significaría volver a usar la vieja vara de medir si lo dejásemos aquí y no se iniciara también la necesaria revolución de las mentes, que nos libere de la mentalidad del sistema materialista actual. Nosotros ponemos conscientemente  el valor del servicio por encima del valor de la propiedad, ¡el valor del servicio es el único valor que realmente reconocemos! Nosotros ponemos el servicio en el punto central y no los dividendos. ¡Del mismo modo consideramos que la responsabilidad es  la coronación de las aspiraciones humanas, nunca las riquezas o el lujo! Esta es la nueva cosmovisión, la nueva religión de la economía y con ella se establecerá el final del cruel gobierno del becerro de oro y las diferencias de los seres humanos y de los derechos – serán sólo las diferencias del servicio, diferencias en el grado de responsabilidad; diferencias, en fin,  que provienen de Dios y son sagradas.

Extraído de "Fascismo Rojo", por Gregor Strasser

Líder y masa



El pueblo de Venezuela generó un caudillo. El núcleo del poder actual es precisamente esa relación establecida entre líder y masa. Esta naturaleza única y diferencial del proceso venezolano no puede ser ni tergiversada ni mal interpretada. Se trata de un pueblo que le dio una orden a un jefe, a un caudillo, a un líder militar. El está obligado a cumplir con esa orden que le dio ese pueblo. Por lo tanto aquí lo único que nos debe importar es el mantenimiento de esa relación pueblo-líder. Ella está en el núcleo del poder instaurado. Es la esencia del modelo que ustedes han creado. Si ella se mantiene, el proceso continuará su camino; si ella se rompe el proceso degenerará y se anulará una de las experiencias más importantes de las últimas décadas. Esa es la relación que hay que defender sobre todas las cosas. Por lo tanto será necesario oponerse con toda energía a cualquier intento que pretenda "democratizar” el poder. “Democratizar” el poder tiene hoy un significado claro y unívoco en Venezuela: quiere decir “licuar” el poder, quiere decir “gasificar” el poder, quiere decir anular el poder.


Sobre ese modelo habría que escribir un nuevo tratado de ciencia política. Para ello deberíamos quemar todo lo hasta ahora leído y aprendido. Ahora deberíamos comenzar por leer no un libro, sino la realidad. Esta nueva realidad. Sólo a partir de esta lectura podríamos llegar a formular una nueva definición de modelos políticos aptos para generar cambios nacionales dentro de un mundo que se encuentra en situación de emergencia. En Venezuela el cambio se canalizará a través de un hombre, de una “persona física”, y no a través de una idea abstracta o de un partido político genérico. Repito: hay una orden explícita dada por un pueblo concreto a un hombre concreto. Esta es la grandeza pero también la debilidad del modelo venezolano.“


No confundamos “tercera vía” con “tercera posición”. La “tercera vía” es un intento por amortiguar las destrucciones sociales que realiza necesariamente el capitalismo en esta fase “global”. Para funcionar, ese capitalismo debe generar una enorme y creciente masa de excluidos sociales, de marginales absolutos en todo el mundo. La “tercera posición”, en cambio, fue una actitud orientada a evadirse del conflicto bipolar. Y naturalmente conllevaba un proyecto social y económico diferenciado, tanto de uno como de otro polo del poder mundial.


El concepto de “tercera vía” está asociado hoy con Tony Blair. Ahora bien, en mi opinión ese señor es uno de los grandes canallas de este mundo. Fue quien sostuvo, hace poco, que Irak albergaba importantes stocks de “armas de destrucción masivas”, y que Sadam Hussein tenía la capacidad para destruir al mundo nada menos que tres veces. Esa gran mentira sirvió como excusa para bombardear - una vez más - a un pueblo prácticamente inerme, indefenso, hambreado y enfermo por falta de medicamentos. Las ideas de ese señor están afectadas por una “falsedad de origen”, que es su propio comportamiento político en la escena internacional. La “tercera vía” - dentro de un enfoque más amplio - es una transnochada de una Europa socialdemócrata que pretende balancear el poder internacional de unos Estados Unidos ubicado en el neoliberalismo más extremo. Pero esa Europa no es una situación antagónica a esos Estados Unidos de América. Son más bien dos caras de una misma moneda.


Norberto Ceresole

sábado, 2 de mayo de 2015

Un Fascismo inmenso y rojo


En el siglo XX solamente hubo tres formas ideológicas que pudieron probar la realidad de sus principios en materia de realización político-estatal: el liberalismo, el comunismo y el fascismo. No encontramos en la realidad otro modelo de sociedad que no sea una de las formas de estas ideologías. Hay países liberales, comunistas y fascistas (nacionalistas). Los otros están ausentes. Y no pueden existir. En Rusia, pasamos dos etapas ideológicas: la comunista y la liberal.
Hay un fascismo.
1. Contra el nacional-capitalismo

Una de las versiones del fascismo, que, parece, la sociedad rusa ya está dispuesta a aceptar (o ya casi lo ha hecho) es el nacional-capitalismo.

No hay duda de que el proyecto del nacional-capitalismo o el «fascismo de derechas» es la iniciativa ideológica de esta parte de la élite de la sociedad, preocupada seriamente por el problema del poder y que distintamente se siente l´esprit du temps.

Sin embargo, la versión «nacional-capitalista», de «derechas», del fascismo no agota, en absoluto, la esencia de esta ideología. Además, la unión de la «burguesía nacional» y los «intelectuales» sobre la cual, según ciertos analistas, se fundará el futuro fascismo ruso, representa un ejemplo brillante de un enfoque completamente extraño al el fascismo como concepción del mundo, como doctrina y como estilo. La «dominación del capital nacional» es la definición marxista del fenómeno fascista. No tiene en cuenta en absoluto la base filosófica específica de la ideología fascista, ignora conscientemente el pathos de base, radical, del fascismo.

El fascismo es un nacionalismo, pero no importa qué nacionalismo, un nacionalismo revolucionario, rebelde, romántico e idealista, aludiendo a un gran mito y a una idea transcendental que aspira a realizar en la realidad el Sueño Imposible, dar la luz de la sociedad del héroe y del Suprahombre, transformar y transfigurar el mundo. A nivel económico, para el fascismo son característicos, más que la fraternidad, los métodos socialistas o socialistas moderados, que someten los intereses económicos personales e individuales a los principios del bien de la nación, de la justicia. Y por fin, la mirada fascista sobre la cultura corresponde a la negativa radical del humanismo, de la mentalidad «demasiado humana», es decir de lo que son los «intelectuales». El fascista detesta a la especie intelectual. Ve allí a un burgués enmascarado, a un burgués presuntuoso, a un hablador y a un cobarde irresponsable. El fascista ama al mismo tiempo lo feroz, lo sobrehumano y lo angélico. Ama el frío y la tragedia, no quiere el calor y la comodidad. En otras palabras, al fascismo le gusta todo lo se enfrenta al «nacional-capitalismo». Lucha por la «dominación del idealismo nacional» (y no del «capital nacional»), y contra la burguesía y los intelectuales (y no para ésta o con éstos). La célebre frase de Mussolini define exactamente el pathos fascista: «¡en pie, Italia fascista y proletaria!».

«Fascista y proletario», tal es la orientación del fascismo. Obrero, heroico, combativo y creativo, idealista y futurista, una ideología que no tiene nada que ver con garantías de comodidad suplementaria estatal para los vendedores (aunque sean mil veces nacionales) y sinecuras para los intelectuales, parásitos sociales. Las figuras centrales del Estado fascista, la mitología fascista, son el campesino, el obrero y el soldado. Y, como símbolo superior de la lucha trágica con destino y con la entropía espacial, el jefe divino, el Duce, el Führer, el Suprahombre que realiza en su persona supra-individual (más que individual, como «suprahombre») la tensión extrema de la voluntad nacional hacia la gesta. Por cierto, en alguna parte en la periferia, hay también un sitio para el ciudadano tendero honrado y el profesor de universidad. Enarbolan también las insignias del partido y van a la fiesta de la reunión. Pero en la realidad fascista sus figuras se marchitan, están perdidos, retroceden al fondo. Ésta no para ellas y no es por ellos por quien se hace la revolución nacional.

En la historia, el fascismo puro e ideal fue realizado directamente. En la práctica, los problemas esenciales de la llegada al poder y de la ordenación económica obligaron a los líderes fascistas -Mussolini, Hitler, Franco, Salazar- a aliarse con los conservadores, el nacional-capitalismo de los grandes propietarios y de los jefes de los consorcios. Pero este compromiso acaba siempre lamentablemente para los regímenes fascistas. El anticomunismo fanático de Hitler, capitalismo germánico recalentado, le costó a Alemania la derrota en la guerra frente la URSS, y por creer en la honradez del rey (portavoz de los intereses de la alta burguesía), Mussolini fue entregado en 1943 por los renegados Badoglio y Ciano, metiendo al Duce en prisión y dejándolo así en los brazos abiertos de los estadounidenses.

Franco consigue mantenerse más tiempo pero al precio de concesiones a la Inglaterra liberal capitalista y a USA y al precio de negarse a sostener los regímenes ideológicos emparentados con los países del Eje. Además, Franco no era ningún verdadero fascista. El nacional-capitalismo es un virus interior del fascismo, su enemigo, la prenda de su degeneración y de su destrucción. El nacional-capitalismo no es de ninguna manera una característica esencial del fascismo, sino un elemento accidental y contradictorio con su estructura interior.

Así, y en nuestro caso, el del nacional-capitalismo ruso en desarrollo, la discusión no es sobre el fascismo, sino sobre intentar desfigurar por anticipado un avance inevitable. Podemos calificar tal pseudofascismo de «preventivo», de «anticipación». Hay que definirlo antes de que nazca y se refuerce seriamente en Rusia el fascismo, el fascismo original y real, el fascismo radicalmente revolucionario por venir. Los nacional-capitalistas son viejos jefes de partido acostumbrados a dominar y a humillar el pueblo, hechos luego unos «liberales-demócratas» por conformismo, pero cuando esta etapa está acabada comienzan también a afiliarse con celo a los grupos nacionales.

Es probable que los partitócratas, con los intelectuales serviles, una vez transformada en farsa la democracia, se reunieran para ensuciar y envenenar el nacionalismo que nacía en la sociedad. La esencia del fascismo: una nueva jerarquía, una nueva aristocracia. La novedad consiste en lo que la jerarquía es construida sobre principios claros, naturales y orgánicos: la superioridad, el honor, el coraje, el heroísmo. La vieja jerarquía, que aspira a mantenerse en la era del nacionalismo, como en otro tiempo, está fundada sobre facultades conformistas: la «flexibilidad», la «prudencia», el «gusto por las intrigas», la «adulación servil», etc. El conflicto evidente entre dos estilos, dos tipos humanos, dos sistemas de valores, es inevitable.


2. El socialismo ruso

Es completamente inapropiado calificar al fascismo de ideología de «extrema-derecha». Este fenómeno se identifica más exactamente con la fórmula paradójica de «Revolución Conservadora». Esta combinación de orientación cultural-política de «derecha» -el tradicionalismo, la fidelidad al suelo, las raíces, la ética nacional- con un programa económico de «izquierda» -justicia social, restricción de los elementos del mercado, liberación de «la esclavitud del porcentaje», prohibición de flujos bursátiles, monopolios y trustes, primacía del trabajo honrado-. Por analogía con el nacionalsocialismo, que se llama a menudo simplemente «socialismo alemán», podemos hablar del fascismo ruso como de un «socialismo ruso». La especificación étnica del término «socialismo» en el contexto dado tiene un sentido particular. La discusión se refiere a la formulación inicial de la doctrina social y económica, no teniendo como base dogmas abstractos y teniendo como base leyes racionalistas, pero teniendo como base principios concretos, espirituales, morales y culturales, que formaron orgánicamente a la nación como tal. El Socialismo Ruso: no los rusos para el socialismo, sino el socialismo para los rusos. A diferencia de los dogmas marxistas-leninistas rígidos, el socialismo nacional ruso viene de esta comprensión de la justicia social que es característica de nuestra nación, de nuestra tradición histórica, de nuestra ética económica. Tal socialismo será más campesino que proletario, más municipal y cooperativo que estatal, más regionalista que centralista; son las exigencias de la especificidad nacional rusa, que se reflejará en la doctrina, y no menos en la práctica.


3. El hombre nuevo

Este socialismo ruso será construido por un hombre nuevo, «un nuevo tipo de hombre, una nueva clase». La clase de los héroes y de los revolucionarios. Los restos de la nomenklatura del partido y su régimen deben perecer como víctimas de la revolución socialista. De la revolución nacional rusa. Los rusos se cansaron de la frescura, de la modernidad, del romanticismo auténtico, de la participación en un gran asunto. Todo lo que les es propuesto hoy es o bien arcaico (los nacionales-patriotas), o bien fastidioso y cínico (los liberales).

El baile y el ataque, la moda y el la agresión, el exceso y la disciplina, la voluntad y el gesto, el fanatismo y la ironía comenzarán a hervir entre los revolucionarios nacionales; jóvenes, malos, alegres, intrépidos, apasionados y sin fronteras. Para ellos, construir y destruir, gobernar y ejecutar las órdenes, limpiar de enemigos la nación y preocuparse tiernamente por los ancianos y los niños rusos. De un paso furioso y alegre, ellos alcanzarán la ciudad gastada, el Sistema que se pudre. Sí, tienen sed de Poder. Saben ordenar. Insuflarán la Vida en la sociedad, precipitarán al pueblo al proceso voluptuoso de la creación de la Histoira. Hombres nuevos. Por fin prudentes y valientes. Así, como hace falta. Percibiendo el mundo exterior como un desafío (según expresión de Golovin).

Ante la muerte, el escritor fascista francés Robert Brasillach pronunció una extraña profecía: «veo que al este, en Rusia, el fascismo vuelve a cabalgar, un fascismo inmenso y rojo».

Observe: no el nacional-capitalismo marchito, marrón-rosa, sino el alba deslumbrante de la nueva Revolución rusa, el fascismo inmenso, como nuestras tierras, y rojo, como nuestra sangre.

Extraído de "Templarios del proletariado", por Alexandre Douguine

La esencia del Arcaísmo


Se tiene que dar de nuevo a la palabra “arcaico” su sentido verdadero y no despectivo, según la significación del substantivo griego archè que significa a la vez “fundamento” y “principio”, es decir “impulo fundador”. También posee el sentido de “lo que es creador e inmutable”, y contiene la noción central de “orden”. Cuidado: “arcaico” no es “pasadista”, porque el pasado histórico ha producido la modernidad igualitaria que está fracasando, y porque toda regresión histórica sería absurda. Es la modernidad la ya que pertenece a un pasado cumplido. ¿El arcaísmo es un tradicionalismo? Sí y no. El tradicionalismo preconiza la transmisión de los valores y, justamente, se enfrenta a las doctrinas de “mesa corta”. Pero depende de lo que se debe transmitir. No se deben aceptar todas las tradiciones, por ejemplo las de las ideologías universalistas y igualitarias o de aquellas que se encuentran paralizadas, museografiadas, desmovilizadas. Tenemos que seleccionar entre las tradiciones (los valores transmitidos) que son positivas y rechazar las que son dañinas. Nuestra corriente de pensamiento siempre ha estado dividida y debilitada por una fractura artificial entre los “tradicionalistas” y los futuristas”. El arqueofuturismo puede reconciliar estas dos familias mediante la síntesis dialéctica.

Los problemas del mundo actual, que están amenazando de muerte a la modernidad, son ya de orden arcaico : el desafío religioso del Islam, las batallas geopolíticas y oceanopolíticas por los recursos escasos, agrícolas, petroleros, halieúticos ; el conflicto Norte-Sur y la inmigración de población hacia el hemisferio Norte ; la contaminación del planeta y el choque físico entre los deseos de la ideología del desarrollo y la realidad.

Todos estos problemas son cuestiones inmemoriales. Lejos de los debates políticos cuasiteológicos de los Siglos XIX y XX, que no fueron otra cosa sino discursos sobre el sexo de los ángeles.

El retorno de las «cuestiones arcaicas » se está demostrando fundamental e incomprensible para los intelectuales «modernos», que se extienden sobre los derechos de los homosexuales para contraer matrimonio u otros temas insignificantes. La característica de la modernidad agonizante es su propensión a la insignificancia y a la conmemoración. La modernidad es pasadista, cuando el arcaísmo es futurista.

Por otro parte, como lo sintió el filósofo Raymond Ruyer, detestado por la clase intelectual de la “orilla izquierda”, en sus dos libros-claves, “Les nuisances idéologiques” y “Les cent prochains siècles”, cuando el paréntesis de los Siglos XIX y XX esté cerrado y las alucinaciones del igualitarismo se vean hundidas en la catástrofe, la humanidad volverá a los valores arcaicos, es decir simplemente biológicas y humanos (antropológicos): separación sexual de los roles; transmisión de las tradiciones étnicas y populares; espiritualidad y organización sacerdotal; jerarquías sociales visibles y estructurantes; reconstrucciones de las comunidades orgánicas imbricadas, desde la esfera familiar hasta la comunidad popular; desindividualización del matrimonio y de las uniones que tiene que implicar a la comunidad tanto como a los novios; fin de la confusión entre erotismo y conyugalidad; prestigio de la casta guerrera; desigualdad de los estatutos sociales, no implícita como hoy, algo injusto y frustrante, sino explícita e ideológicamente legitimada; proporcionalidad de los derechos frente a los deberes; definición del pueblo, y de todo grupo o cuerpo constituido, como comunidad diacrónica de destino y no como masa sincrónica de átomos individuales, etc.

El problema, para nosotros, europeos, consiste en rechazar que –por pusilanimidad- el Islam nos imponga –lo que está sucediendo subrepticiamente - estos valores arcaicos. Tenemos que reimponernoslos a nosotros mismos, tenemos la memoria histórica de donde poder sacarlos.

Recientemente, un gran magnate de la prensa francesa, que no puedo nombrar aquí, conocido por sus simpatías liberales de izquierda, me dijo, desengañado: “A largo plazo, los valores de la economía de mercado se verán derrotados frente a los del Islam, porque están exclusivamente fundados sobre la rentabilidad económica individual, lo cual es inhumano y efímero”. Tenemos que evitar que el Islam nos imponga el inevitable retorno a la realidad.

Evidentemente, la ideología todavía hegemónica mira como diabólicos estos valores. Exactamente como un loco paranoico mira al psiquiatra que lo está curando como si fuese un demonio. En verdad, son valores de justicia. Conformes a la inmemorial naturaleza humana, estos valores arcaicos rechazan el error de la emancipación del individuo, crimen cometido por la filosofía del Aufklärung, que deja solo al individuo frente al Estado, monstruo frío, y frente a la barbarie social. Estos valores humanos son justos al sentido de los antiguos griegos, porque miran al hombre por lo que es, un zoon politicon (“animal social y orgánico insertado en una ciudad comunitaria”), y no por lo que no es, un átomo asexuado y aislado poseedor de unos pseudo-“derechos” universales.

Concretamente, estos valores antiindividualistas permiten la realización del sí mismo, la solidaridad activa, la paz social, cuando el individualismo pseudoemancipador solamente conduce a la ley de la jungla.



Guillaume Faye

viernes, 1 de mayo de 2015

La Revolución Social


DICEN los sindicalistas: La Revolución política está hecha; falta la Revolución social. En pugna con ellos, dicen, no obstante, lo mismo muchos socialistas y otros elementos, que para halagar a las masas se les aproximan como esos feroces parlantes de hace unas noches en la plaza de toros.
Dicen los comunistas: Negamos que la revolución política esté hecha. Esta y la revolución social sólo puede hacerla el Soviet.


Y unos y otros piden el desarme de la Policía y, por el contrario, el pertrecho de sus respectivos correligionarios, a quienes, todos de acuerdo, llaman “el Pueblo”, para hacer con toda prisa la revolución social, aplastando la libertad de los demás, que deben permanecer desarmados. De este procedimiento es también partidario algún ministro.


Nosotros somos asimismo entusiastas de la revolución social. Lo queremos declarar desde el principio. Estamos conforme con que hay que revolver muchas instituciones: volcar cabeza abajo en el campo de lo social innumerables abusos. Y estamos enamorados de cierta saludable violencia, por
el convencimiento de que en otra forma se escurrirán siempre los espectadores y acabarán al final de cada prueba flotando sobre sus oprimidos con el nombre trocado y la casaca siempre nueva.


Hay que acabar, sí, con esos hijos y nietos favorecidos de la desamortización que no han tenido tiempo ni de recorrer sus inacabables fincas, mientras en el municipio donde radican otros pasan hambre. Hay que ahogar la cruel tiranía
del propietario sobre el colono cuando aquél no hace otra cosa que chupar la sangre vertida sobre la tierra trabajada por éste, que paga cada vez mayores rentas y gana menos.


Debemos acorralar con un genuino movimiento revolucionario todas las formas de usura, incluso esa moderna que consiste en pagar al labrador por sus productos un mínimo bastante para que no muera y siga trabajando, pero insuficiente para que sostenga decorosamente a los hijos que da a la Patria y condenado a no mudar nunca de suerte. El campo debe echarse encima de los acaparadores. Que hacen grandes fortunas con solo estudiar sobre la mesa del
café el modo de tiranizar a los productores con la especulación: de los azucareros que ganan el 100 por 100 y zurcen el rostro del remolachero con desprecios inhumanos...: de los “trust” que gravitan con sus tarifas
implacables sobre las rentas, cada vez más escuálidas, de los consumidores no acogidos a monopolio alguno...


Hay que redimir, en fin, al que trabaja y revolver violentamente si es preciso, como lo será, a la burguesía encastillada en sus numerosos feudos económicos.


Pedimos, pues, la revolución social para que todo hombre apto encuentre trabajo dignamente remunerado y para que nadie se vea privado de la posibilidad cierta de elevar su condición según sus méritos y para que el campo - que es España - sacuda las cadenas de la hegemonía burguesa.


Pero si la revolución social es una necesidad y un grito de justicia, hay que defender ese movimiento sano y juvenil de las corrupciones traidoras que proceden de la democracia judaizante superburguesa, como de las máquinas internacionales con sello marxista, que descaracterizarían la genuina revolución hispánica para hacernos siervos de Moscú.


Revolución social, enérgica, urgente, a cargo de la juventud española, eso sí. Pero con estas condiciones:


1ª Que no sirva para sustituir la hegemonía burguesa por la tiranía de una clase o un Sindicato. Es un crimen de lesa patria agitar la nación para mudar de despotismo.


2ª Que intervenga eficazmente el campo, porque sin la voz de la agricultura todo movimiento colectivo es una agresión al verdadero pueblo.


3ª Que presida esa obra de justicia social un superior anhelo hispánico, una idea nacional de unidad, como garantía de que la gran España sigue una ruta de encumbramiento y no es víctima de los tenebrosos proyectos que las fuerzas ocultas internacionales incuban para hundir a las naciones en la
miseria consecuente a la lucha de clases.



Extraído de "Onésimo Redondo, obras completas"

¿Lucha de clases?





Es sabido cómo la técnica de agitación marxista divide a todos los hombres en dos clases: supuestos oprimidos o explotados y supuestos opresores y explotadores. Y llevada tal consigna a un plano real y diario, de lucha económica y social, el marxismo localiza y destaca para que se despedacen estas dos clases únicas: patronos contra obreros, obreros contra patronos.

Nosotros sabemos, y es uno de los motivos críticos fundamentales en que fundamos nuestra posición antimarxista, que el enemigo social de los obreros no es generalmente el patrono, sino que hay otro linaje de poder económico y político al que debe señalársele como enemigo, y no sólo de los obreros, sino de los obreros y patronos juntamente: el gran capital especulador y financiero.

Por eso, ante la lucha de clases tal como la conciben criminal y erróneamente los marxistas, nosotros presentamos otro cuadro de rivalidades sociales. Si hay luchas de clases, éstas son para nosotros las clases:

Capaces contra ineptos.

Laboriosos contra vagos.

Generosos contras ramplones.

Animosos contra cobardes.

Patriotas contra descastados.

Y todos los españoles contra los grandes especuladores y prestamistas.

Pues ahí aparecen las soluciones deseables:

Que a los españoles ineptos los sustituyan los españoles capaces.

Que los españoles laboriosos imperen sobre los vagos.

Que los españoles con capacidad de sacrificio y alma limpia preponderen frente a los egoístas y ramplones.

Que los españoles animosos y viriles no permitan el imperio de los más cobardes y encogidos.

Y que los españoles patriotas impongan su ley a los descastados y traidores.

Ramiro Ledesma Ramos.

1º de Mayo


Mis queridos descamisados:

Otra vez estamos aquí reunidos los trabajadores y las mujeres del pueblo; otra vez estamos los descamisados en esta plaza histórica del 17 de octubre de 1945 para dar la respuesta al líder del pueblo, que esta mañana, al concluir su mensaje dijo: "Quienes quieran oír, que oigan, quienes quieran seguir, que sigan". Aquí está la respuesta mi general. Es el pueblo trabajador, es el pueblo humilde de la patria, que aquí y en todo el país está de pie y lo seguirá a Perón, el líder del pueblo, el líder de la humanidad, porque ha levantado la bandera de redención y de justicia de las masas trabajadoras; lo seguirá contra la opresión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón, que es el alma y el cuerpo de la patria. Pero no lo conseguirán como no han conseguido jamás la envidia de los sapos acallar el canto de los ruiseñores, ni las víboras detener el vuelo de los cóndores. No lo conseguirán, porque aquí estamos los hombres y las mujeres del pueblo, mi general, para custodiar vuestros sueños y para vigilar vuestra vida, porque es la vida de la patria, porque es la vida de las futuras generaciones, que no nos perdonarían jamás que no hubiéramos cuidado a un hombre de los quilates del general Perón, que acunó los sueños de todos los argentinos, en especial del pueblo trabajador. 


Eva Perón